EL Gato de Cheshire

 

“Cuando Alicia se encuentra al gato de Cheshire, mantiene una conversación un tanto curiosa:

-¿Me podrías indicar hacia donde tengo que ir desde aquí?- pregunta Alicia.

-Eso depende de a dónde quieras llegar-  responde el gato.

-A mi no me importa demasiado a donde.

-En ese caso, da igual hacia donde vayas.

-“Siempre que llegue a alguna parte”

-¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte, si caminas lo bastante.

A Alicia le pareció que esto era innegable y es cierto, parece una conversación algo absurda. El gato es una especia de Dios, aparece y desaparece cuando quiere, sin darnos cuenta puede estar presente a nuestras espaldas. En el capitulo del juego de croquet, vemos que el gato está también por sobre los reyes, y que se niega a hacerles reverencia. Ellos deberían reverenciar al gato, y no Dios a ellos. Incluso tienen el atrevimiento de querer cortarle la cabeza, como muchas veces queremos matar a Dios y sacarlo del mapa.

Tengo la impresión de que el gato aparece en nuestras vidas justo en el momento en que más nos cuestionamos. Cosas como, ¿que sentido tiene la vida? Muchas veces son preguntas que nos hacemos y el gato nos diría, la vida tiene un solo sentido: hacia delante. Ya, la tengo, esta es la idea que representa el gato: un cable a tierra, lo que reafirma la idea del gato Dios. A veces nos apoyamos mucho en nuestras ideas y creemos saberlo todo, pero es obvio que si caminamos, paso a paso, llegaremos a algún lugar.

O como dice Salomón: no hay nada nuevo bajo el sol. La quinta pata del gato simplemente no existe, y eso es lógico, la vida no es tan complicada, todos estamos locos.”

Günter Grass, en “Literatura y mito”

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De centauro veintiuno

De pequeña era gorda

 

Así es. Y tengo la teoría de que todas las blogueras o con pretensiones de serlo, fuimos o somos gordas. Hay algo dentro de nosotras que tenemos bloqueado, un afán de protagonismo incumplido que tenemos que hacer salir por donde sea.

Era gorda. Fui una niña normal, pero a los 10 años empecé a engordar hasta ponerme como un pepón. La causa es, como suele pasar, que comía mucho. Sin control. Comía muchísimo, y comida hipercalórica, tipo derivados del cerdo y azúcares. En mi casa solo me decían “no comas tanto”, pero aún así a mi madre le gustaba verme comer, era según ella, signo de buena salud. Daños colaterales del franquismo.

Y yo comía.

Un día llegó mi padre del trabajo a mediodía y su plato de comida estaba vacío. ¡Me lo había comido yo después de haber comido mi comida! Era un filete con patatas fritas, lo recuerdo perfectamente. Qué rico estaba.

Y yo engordaba.

Todo transcurría en armonía. Algún problema empezó a ponerse de manifiesto en el colegio. Algunos chavales, los que suspendían y los repetidores, se metían conmigo y me llamaban vaca o cosas por el estilo. A mí y a mi compañera, otra niña rellenita con la que siempre andaba. “Rellenita”. Eufemismos, ya me entendéis.

A esos chavales yo no les prestaba atención. La opinión de esos niños era para mí absolutamente despreciable. Eran los fracasados, los que nunca iban a llegar a nada, los que suspendían. Por favor: los que suspendían.

Así que yo seguía a mi bola, aprobando todo y comiendo lo que me daba la gana cuando me daba la gana.

Pasó un año más, ya tenía yo 13 años para 14. Todavía era muy infantil, pero algo estaba operando un cambio dentro de mí. Creo que era la pubertad, la adolescencia que asomaba por la vuelta de la esquina.

Cuando volvíamos del colegio en el bus siempre pasaba lo mismo: me llamaban vaca y cosas así, insultos que de verdad no recuerdo especialmente. Algo del “culo andante” me decían también. Pero es que era todo tan poco original que no tuvo fuerza suficiente para que pasase a formar parte de mis recuerdos.

Lo que sí recuerdo es que ese día, uno que se metía bastante conmigo y con mi gordura, estaba especialmente pesado. Pasamos por delante de un campo de vacas (esto es Galicia, señores) y se puso a gritar “muuuu, muuuu” como un loco, y a decirme que saludara a mis amigas.

Yo por lo general no le hacía caso, aunque sí recuerdo la sensación de ponerme colorada y de no entender muy bien qué le pasaba a ese chaval, pero ese día me harté y le dije: “Sí, tú mucho reírte, pero yo voy a acabar el instituto y tú aún no vas a acabar el colegio”. Providenciales palabras que se convirtieron en verdad. De hecho se sacó el Graduado Escolar por el nocturno, ya de mayor. Y se lió con una prostituta colombiana con la que tuvo un hijo y después se le piró, o algo así.

Hasta que llegaron los 14. Me empezaron a gustar los chicos. Los chicos. Y ahí empezó mi problema con mi físico. Sacar buenas notas no era suficiente para alimentar a mi ego que cada vez quería más. La ropa. Otro problema. No me servía nada de lo que llevaban mis amigas. Todo me quedaba excesivamente apretado o era ropa de persona mayor. Las fotos. Nunca quería salir en ninguna. Y en las que salgo llevo siempre un plumífero negro que hasta lo recuerdo como asqueroso y con mal olor, que no me sacaba nunca de encima porque creía que me disimulaba la gordura.

Y empecé a pensar que, efectivamente, parecía una vaca.

Yo, que había sido la líder de la manada. La defensora de los derechos de la mujer en mi etapa escolar, la que provocó una pelea con los niños porque las niñas también queríamos el patio para jugar al fútbol. La que se encaró con el cura del pueblo para solicitar que las mujeres pudiéramos ser monaguillas. Yo. La que sacaba nueves y dieces. La rebelde sin causa socialmente adaptada.

Y empecé a sufrir.

No sabía qué hacer para que los chicos se fijaran en mí, para que las chicas guays se fijaran en mí. Para relacionarme con los guays y dejar de estar rodeada de frikis y perdedores. Odiaba a los frikis y perdedores. Yo no quería ser así, quería ser popular.

Así que, de manera gradual y no sé muy bien desde cuándo, aunque sí recuerdo que fue por un chico que me volvía loca y que ahora sigue viviendo con su madre y está fofo y medio calvo, pues poco a poco pero sin descanso, empecé a dejar de comer. Y cuando estimaba que había comido demasiado o me pegaba atracones, me provocaba el vómito. Esto fue hace unos 20 años, y las palabras bulimia y anorexia no existían en el vocabulario de aquella época.

Empecé a hacer deporte. Andaba en bici, corría, nadaba. Se me estaba modelando el cuerpo bastante deprisa, algo también facilitado por los cambios de la adolescencia. Adelgazar se convirtió en una meta sin fin, en un estilo de vida en sí mismo. Recuerdo que había días en los que solo comía una manzana. Llegué a estar bastante delgada, y fue todo tan deprisa y tan inesperado por mí, acostumbrada a estar gorda, que ni siquiera era consciente de que tenía que cambiar de ropa, así que andaba con la ropa grande y floja. Lamentable. Ni se me había ocurrido que me tenía que vestir con ropa de mi talla.

Mis padres estaban preocupados por mi pérdida de peso tan radical y por mi falta de apetito. Me lo iban diciendo de vez en cuando, hasta que un día mi padre se cansó y me obligó a comer. A gritos conmigo. Y yo llorando. No quería comer, odiaba la comida, había sido la culpable de convertirme en una paria, en una persona no deseada.

Y ahí me di cuenta. Me di cuenta de que estaba llevando todo demasiado lejos. Me di cuenta de que se me había ido la pinza. Ya tenía 16 años y un tipazo, ¿qué más quería? Ya era popular. ¡Era popular! ¡En la adolescencia! ¿Qué coño más quería?

Quería mantenerme así para siempre. Tenía auténtico pánico a engordar de nuevo, y aún así no podía evitar darme atracones de vez en cuando que, por supuesto, después expulsaba de mi cuerpo provocándome el vómito.

Esto se mantuvo en mi vida durante etapas discontinuas hasta la universidad, sin asociarlo precisamente a nada en concreto. Comía con ansiedad y después lo vomitaba, crisis que me daban cuando estaba sola y aburrida. Tuve una compañera de piso que se dio cuenta y, en vez de ayudarme o hablar conmigo sobre el tema, se puso a gritar delante de todo el mundo, un día que estaba en el baño, que si estaba vomitando después de comer como hacía siempre. Y, efectivamente, estaba vomitando. Pero ese trato de mi compañera de piso me dolió más que todas las veces que los chavales me llamaban “vaca” en el colegio. Porque antes éramos niños. Ahora ya éramos jóvenes adultos.

Dicen que los niños son crueles. JA. Los niños son niños. Crueles son las personas mayores perturbadas por sus propios problemas psicológicos, Por ejemplo, esta chica con la que viví tenía unos serios problemas con el orden y se obsesionaba tanto con el estudio que se hacía heridas en la cabeza rascándose mientras estudiaba. Yo estaba medio jodida de la cabeza en cuanto al tema alimenticio, pero nunca le hice mal a nadie, por lo menos a propósito. Ni traté de poner a nadie en evidencia para demostrar lo lista que soy, porque eso no es ser lista, eso es ser gilipollas.

Y así fue como esto de la anorexia con bulimia formó parte de mi vida mucho tiempo, pero no constantemente, como decía, ni por una causa aparente. Sin dramas. Yo era una persona perfectamente sana que me hacía analíticas de vez en cuando, donaba sangre, salía con mis amigos, sacaba buenas notas… Era básicamente feliz. Hasta que un día, tampoco recuerdo cómo ni recuerdo que fuera una decisión tomada concienzudamente, dejé de hacerlo. Así, sin más.

Creo que fue cuando empecé a introducirme en mi etapa semialcohólica, pero eso ya es otra historia. Una loca y divertida historia que casi me arrastra al psiquiátrico o a la tumba. El lado salvaje de la vida, que es la puta ostia, hasta que te da un revés y te pone fuera de circulación.

Afortunadamente, de esa aventura también conseguí salir por mí misma antes de que se me comiera la noche. Eso sí que fue una locura, una puta locura.

De centauro veintiuno

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 4.100 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 7 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

De centauro veintiuno

La cena del curre de Navidad

 

La cena del curre, esa cena a la que todo el mundo finge que desea ir pero a la que nadie realmente le apetece hacerlo. Yo no sé cómo se lo  montan en otros trabajos, pero en el nuestro nos la liaron parda los presuntos más idiotas.

Una de ellas fue la nueva que entró conmigo como personal laboral. Uno de los funcionarios que hace los turnos con ella hizo la propuesta de hacer la cena, como todos los años. Pero este año no habría que invitar a todo el mundo, como se había hecho el año pasado, sino que solo participaríamos los que estamos actualmente en el servicio.

Vale. A mí me da igual.

Pero empiezan los problemas, porque algunos de los que habían asistido el año anterior a la cena preguntaron si este año la iba a haber. Tras una serie de respuestas incómodas, nuestra jefa nos dice que por qué no invitamos a todo el mundo, que a ella le apetece ver a la gente con la que trabajó otras veces porque les guarda cariño. Cosa que es cierta y recíproca, me consta.

Tampoco avisaron a la señora de la limpieza, que también forma parte del servicio. Se lo decimos y nos dice que sí, que le apetece mucho, pero que si puede ser a las 9 o 9 y media. Que si no se le hace muy tarde.

Así que a reestructurar. Pero antes de esto ya había pasado algo que fue el detonante de las alarmas. Se decide por imposición decreto ley que la cena será en el restaurante del hermano de la nueva que entró conmigo. Que ya nos pasará el menú para que elijamos.

Se decide también que el día mejor será un sábado, a todos les da igual qué fin de semana, así que yo elijo uno y dicen que bien. Que así sea.

Nos olvidamos del tema cena, aunque ya comentamos entre nosotras que menuda manera de imponer la tipa esta lo del restaurante del hermano, con el apoyo tácito del compañero funcionario, que quiere quedar bien con todo el mundo pero lo único que consigue es quedar como un hipócrita. Y un salido, de paso.

Por cierto, ella es argentina (aunque lleva 20 años en España, la mentalidad sigue siendo de allá), melosa y tontorrona. Juega con los hombres del servicio y les deja notitas, a nosotras nos esquiva. Lee todas las revistas del corazón que encuentra, siempre va maquillada, peinada y mona y ya tiene la casa pagada con 35 años. Es un enigma, aunque varias voces apuntan a que es una enchufada del PP. El perfil, desde luego, lo da.

Y llegan los menús. Decidimos que nos quedamos con el más barato, 15 euros es suficiente, tampoco somos íntimos como para gastar más, que está la economía muy complicada, que no hay paga extra… Que es por juntarse, tomar algo y listo. Después se decide el de 18 porque lleva vino. Vale.

La hermana del dueño del restaurante y nueva que entró conmigo dice que a ella de gusta el de 35.

No te jode.

Pero queda el de 18, eso creíamos hasta que suena el teléfono. Me cago en la tarifa plana que mira que da problemas.

Y es el compañero de la hermanísima, el funcionario. Que nos dice que el menú será el de 23. Que el viernes (en vez del sábado acordado) del fin de semana siguiente al que habíamos hablado. Que a las 10’30 h, pasando por alto la petición de la señora de la limpieza y su edad. Y se queda tan ancho.

Es en estos momentos cuando te planteas si la gente es imbécil o gilipollas.

Mi compañera, funcionaria también, le dice que estamos un poco sorprendidas con el ímpetu de la decisión. Que 23 euros nos parece mucho, que hay gente eventual (yo) y gente de prácticas que no pueden gastar tanto. Que las diez y media es muy tarde. Que mejor el sábado porque algunos de nosotros tenemos que trabajar el fin de semana. Que la jefa dice que le apetece que vengan los del año pasado, así que hay que llamar a la gente. Que ya se encarga ella, que no se preocupe.

Se lía parda. Pero en silencio, sinuosamente. Se percibe pero no se manifiesta.

Hay un intercambio de whatsapps entre los dos funcionarios. Que si el compañero de la hermanísima dice que él es persona y no anda mintiendo, que si querían que fueran los del año pasado que por qué no se lo dijeron, que él los invitaba. Que fue a caraperro. Que a las nueve y media o diez era demasiado temprano para ellos. Dos días después viene la hermanísima y nos dice que ella de ninguna manera quedaba a esa hora, que no le daba tiempo a arreglarse. Que ella hasta las diez y media, nada.

Yo alucinaba por colores, pero tampoco le estaba dando más importancia de la que creí que tenía. Simplemente pensé que eran idiotas y que estaban muy aburridos.

Y de ahí se siguió liando la bola. La sinuosa bola, presente pero no manifiesta. A lo funcionario.

Finalmente se decidió que la cena sería ayer, que quedaríamos quienes quisieran a las 8 de la tarde para tomar unos pinchos (porque había gente que no podía o no quería ir a la cena) y que a las 9 y media – diez menos cuarto nos veíamos en el restaurante, aunque algunos llegasen sobre las diez. Vale, dicen todos. Sobre las diez y cuarto como muy tarde llegamos.

¿Y qué pasó?

Pasó que el funcionario y la hermanísima citaron a la misma hora que la del pincho oficial en otra zona de la ciudad a la gente con la que ellos coinciden más a menudo de todos nosotros para tomar algo antes de ir a cenar, obviando nuestro pincho. Es decir, hicieron una quedada paralela con la otra gente del servicio que estaba desinformada, saltándose a compañeros, excompañeros y jefa. Que todo lo de que no les daba tiempo y eso era mentira. Que lo que querían era quedar a las diez y media como habían previsto y no juntarse con más gente que ahora no estaba trabajando. Que habían estado creando una guerra fría y nosotros sin enterarnos. Y todo capitaneado por la argentina boluda.

Nos enteramos ayer delante del restaurante argentino. Vaya si no. Desde las nueve y media allí fuera de pie, esperando por el resto. Decidimos entrar a eso de las diez y diez, porque allí no llegaba nadie. Y no llegaba nadie porque estaban reteniendo al resto hasta las diez y media, que fue cuando triunfalmente llegaron.

Juro que no me lo podía creer. La tía, que dominio. En el restaurante de su familia (que después nos enteramos de que no es solo de su hermano), casi nos coló el menú que le dio la gana, y nos impuso el día que le vino bien y la hora que consideró apropiada para ella. Y todo esto como si fuese por accidente, saludando como si tal cosa. El resto parecíamos gilipollas en la mesa, allí esperando por su séquito (la mayoría hombres, por cierto). Y nadie le dijo nada, solo yo un pobre “menudas horas”.

Durante la cena nos llegaron platos escasos y compartidos que alguien seleccionó de entre los que había (bueno, qué cosas tengo, ya sé que fueron ella y el funcionario), le pusieron a ella el vino que ella misma se encargaba de servir a sus fieles (menos la única vez que lo pedimos casi a gritos desde el otro extremo de la mesa), se hicieron fotos entre ellos, los hombres babeaban su vera y lo más fuerte de todo, mi compañera pide la factura y va el camarero hermano de la susodicha y le dice que la cuenta ya está pedida, que la tienen “por allí” y señala a su hermana, sonriendo, quién se encargó de cogernos el dinero y de que todos pagásemos los 18 euros del servicio de mierda.

Ahora estoy que trino porque aún me di cuenta de la jugarreta hoy. Y me siento como si ellos hubieran sido los listos que nos la metieron doblada y nosotros los pobres idiotas a los que jodieron y manipularon como tontos. Aunque quién iba a imaginar que le darían tanta importancia a algo en principio tan sencillo.

Lo que tengo claro es que en el próximo encuentro entre semidesconocidos al que el protocolo social me obligue a intervenir voy a estar con gastroenteritis.

Sin duda.

 

 

De centauro veintiuno

El timo de la factura de la luz

 

Me han venido 65 euros en la factura de la luz del mes pasado. 65 euros.
En casa somos dos. Tenemos vitrocerámica y un deshumidificador que, cuando vino la factura, todavía no había sido usado. Tenemos el router, luces normales, nevera, lavadora. El horno, que se usa de pascuas en ramos.

Que me digan en qué coño podemos gastar 65 euros.

Y sobre todo si tenemos en cuenta que casi no estamos en casa. Pero aunque cocinásemos todos lo días, lo de los 65 euros es una PUTA ESTAFA.

Los de Fenosa me están robando. No hay más explicación.

Fui a las oficinas -por llamarle algo- que tienen en Coruña y, tras soportar una cola de mil demonios en un espacio poco ventilado, me atiende una señorita que me escucha aburrida. Hace las consultas de rigor en el ordenador y me dice que está todo normal. Que la factura está bien. Que tengo que tener en cuenta que subió el IVA. Que lo que pasa es que antes pagaba poco.

Que antes pagaba poco. ¿Antes de qué?

Yo, hiperventilando. Soluciones, le pido.

Me contesta que me puedo pagar una revisión de la instalación eléctrica, que a lo mejor tengo algo que hace contacto en casa y es lo que me está incrementando la factura.

Claro, porque yo nado en la abundancia y pagarle a un electricista para arreglar los desperfectos de Fenosa la más Penosa es calderilla para mí.

Qué cabreo.

Me volví a casa con una sensación de impotencia agobiante.

Yo no puedo pagar durante mucho tiempo 65 euros al mes en luz.

¿Qué hago? ¿A quién recurro?

De centauro veintiuno

Actualizando mi vida online

 

Finalmente montamos la tienda. La inauguración fue un semidesastre y , exceptuando el mes de agosto -curiosa paradoja-, las ventas empezaron regular para ir progresivamente aproximándose al desastre, ergo a la quiebra técnica.

Así que tanto trabajo y tanto gasto habían servido para poco.

Y eso que todo el mundo decía :”Móntala, que lo vas a petar”

Hijos de puta. Mediocres de mierda. Si alguien de su entorno despunta, la envidia no los deja respirar. Abajo, vuelve a la mierda conmigo. Te ven caer y miran desde lejos, con las manos en los bolsillos. La España paleta y tercermundista está deseando seguir siendo como es.

Odias a todo el mundo.

Pero hay que reaccionar: es nuestro dinero, son nuestras perspectivas de futuro.

Entonces es cuando comenzamos a obsesionarnos con qué estamos haciendo mal. Primero piensas que es pasajero, después que aún es pronto, después que la gente es idiota y no sabe hasta, finalmente, caer en la cuenta de que la gente es como es, y si el negocio no funciona es porque

1. está mal planteado 

2. ni cubre ni genera ninguna necesidad.

Así se resumen las pérdidas en los negocios. Es sencillo.

Mi hermana me pasó un podcast que escucha ella para atraer la suerte. JAJAJA cosas de colgada, pensé yo.

Bueno, pues a base de escuchar el podcast dichoso una y otra vez, la vida se nos fue enderezando. O quizá fue la necesidad que surge dentro de cada uno cuando ansías con todas tus fuerzas no volver al pozo. Y tanto mi novio como yo conocemos el pozo muy bien, y muy de cerca.

El caso es que yo encontré trabajo, un trabajo de puta madre en un ambiente de puta madre.

Y encontramos otro local comercial más céntrico por 30 eu más al mes, lo que, en la ciudad en la que vivimos, es algo así como encontrar una aguja en un pajar.

En el cambio no tuvimos problemas con la luz ni con el agua. El propietario resultó ser una persona accesible y comprensiva.

Solo gastamos unos 700 euros. En el otro lado estábamos viviendo una lenta agonía, con lo que creo que mereció la pena. Ahora la cosa no va mucho mejor, pero pasa más gente.

Y es una tienda de verdad. La gente vuelve.

Nos adaptamos en la medida de nuestras posibilidades a la realidad. A mi novio aun le cuesta encajar que lo que el creía que iba a pasar no pasó, o no está pasando. Que la realidad que él estableció en el plan de negocio no se corresponde con la realidad que después es la realidad real :D

A la mierda el plan de negocio.

Lo que va a pasar ahora sigue siendo una absoluta incertidumbre, pero por lo menos yo tengo ingresos hasta marzo y podemos ir haciendo frente a los pagos. Porque esa es otra: la familia y los amigos te ofrecen ayuda cuando no la necesitas, pero cuando la pides miran a otro lado. Y ni siquiera se esfuerzan en disimular mucho.

Yo ahora me volví más racional, fría e hipócrita y, ¿sabéis lo más curioso?

ME VA MEJOR LA VIDA.

Ea.

De centauro veintiuno

La vida es como jugar al Cabrón

No sé si sabéis qué es el Cabrón, pero por si acaso os lo explico.

El Cabrón es un juego de cartas que consiste básicamente en “ir a las más” e “ir a las menos”. “Ir a las más” es apostar lo más duro que puedas durante la partida, cosa que haces si ves que tienes buenas cartas (ases, posibilidad de cantar -caballo y rey del mismo palo- y poner triunfo, etc.).

“Ir a las menos” es exactamente lo contrario: conseguir no hacer ni un tanto, quedarse a cero y tratar de colocar tus tantos a otros, lo que en la vida real sería “desviar marrones”.

¿Quién pierde en este juego? Pierde el que se queda en posición intermedia, el que no ha hecho las menos cartas posibles ni ha hecho las máximas. El que no se ha posicionado por ir a las más o ir a las menos, el que le ha pillado el toro entre ambas aguas.

Pues así es la vida. Tenemos unas cartas que nos han repartido y, antes de cada partida tenemos que elegir si vamos a las más o vamos a las menos. Si vamos a por todas porque creemos que tenemos las de ganar, o si es preferible quedarnos en la invisibilidad de un segundo plano y tratar de endosarle nuestras malas cartas a otro, que, por cierto, estará debatiéndose entre las mismas cuestiones que tú.

Lo más cómodo puede parecer quedarse con la opción de hacer el número de tantos menor posible pero, creedme, a veces, sencillamente, no se puede. ¿Por qué?

Porque tienes una mano triunfadora, y si no apuestas duro a que vas a ganar acabarás quedando en la posición intermedia del perdedor. Puede que quedes de todas maneras ya que, como tienes tantos para hacer, nunca quedarás a cero.

Con lo que el no ir “a las más” es una decisión tomada desde el miedo, no desde el razonamiento lógico. Si no lo intentas, vas a perder seguro.

Así que, cuando tengas una buena mano, o eso parezca, ve “a las más”. Partes perdiendo, así que todo lo que pase va a ser igual o mejor que eso.

En cuanto a la decisión de quedarte con el mínimo de tantos posible, es más complicado de lo que parece porque el resto de jugadores también querrá deshacerse de sus tantos fallidos, así que tratarán de endosártelos a ti. Del mismo modo que tú tratarás de endosárselos a ellos.

Estarás perdiendo la energía en luchar para deshacerte de tantos que te podrían llevar a la victoria por la vía rápida.

Con una mano un poco buena, es más fácil ganar que perder. 

Con una mano mala, ríndete a la evidencia y deshazte de todo lo que puedas. También ganarás. 

Lo más difícil de este juego es tomar la decisión. Si tienes algo de tantos, las dos primeras tiradas son terribles, no sabes qué hacer, y cada tirada puede ser letal ya que, quién gana los tantos, te está cogiendo ventaja.

Pero la partida se va resolviendo sola. En la tercera mano, como muy tarde, ya tienes que estar mojado hasta las trancas, o bien haber empezado a deshacerte de los puntos. ¿Qué quiero decir con esto? Que la mayoría de las veces, por mucho que te comas la cabeza con qué puedo hacer, apuesto o me retiro, es la propia partida -el juego de los demás- la que te va a indicar el camino.

Que poco importan tus intenciones, son muchas las variables a tener en cuenta, que no están bajo tu control. Que da igual lo que pretendas, pasará lo que pase. Y la suerte también tendrá que ver.

Planear de poco sirve. 

Pensar de poco sirve. Pensar en el sentido tradicional del término. “Haré esto así después podré hacer esto y” no te va a ayudar a nada. Te pondrá más nerviosa y en alerta, algo perjudicial para mantener la calma cuando realmente haya que decidir.

Hay que dejarse llevar, fluir con el entorno, adaptarse a las situaciones al momento que van viniendo. Minuto a minuto. Los chinos lo sabían, los hindúes también. Religiones milenarias que son filosofías de vida.

Así que ya sabes: si crees que tienes una buena mano, úsala. Si crees que lo tienes complicado, retírate y hazte experta en desviar marrones hacia los demás. Sin piedad, es un juego, ellos también lo harían. Y lo harán.

Y otras veces te tocará comértelos a ti.

Concluyendo: si crees que te puede ir bien, pelea; si no lo ves nada claro, retírate y vuélvete invisible como puedas. Fluye. Adáptate.

Be water.

De centauro veintiuno

Malditas cenas de Navidad

Vamos a hacer una cena en el trabajo y el hermano de una de mis compañeras tiene un bar, así que propuso que lo hiciéramos en el bar del hermano. Correcto. Dijimos que sí. 

Aunque la manera de proponerlo fue: “La hacemos en el bar de mi hermano”.

Nos pasó los menús que eran de 15, 18, 23 y más euros. Quedamos en que el de 15 estaría bien dados los tiempos que corren. Después pasamos al de 18 porque era más completo. 

Hoy nos enteramos de que el menú que finalmente eligió alguien, que no nos queda muy claro quién, pero suponemos que es la hermanísima, será el de 23 euros.

Y después no vamos a la huelga porque lo descuentan del sueldo. 

Como no nos pareció bien, ya que consideramos que es caro para nuestra maltrecha economía de interinos, eventuales y demás malpagados inestables, lo hicimos saber. Educadamente, que nos parece caro. Que hay que tener en cuenta la economía de todos y eso.

Sin embargo, tengo la extraña sensación de que esto va a traer cola. Es lo que pasa cuando se juntan los venenos y los quedabien, que los segundos obedecen pero tampoco queda claro, mientras los veneno actúan. 

De centauro veintiuno

Oh babe!

Mira que hace tiempo que no me conecto al blog. Pero mucho ya. 

Tengo la sensación de que una bitácora de carácter tan personal e intimista no le interesa a nadie, ni siquiera a mí jaja Quizá sea la pereza, o el Twitter más bien, que me ocupa bastante, más de lo que quisiera, ¡¡pero es tan divertido!!

Efectivamente, he sucumbido a los encantos del Twitter. Lo que no ha conseguido el Facebook ni nada por el estilo, ni siquiera el Messenger en sus buenos tiempos, lo ha conseguido la red del pajarito. 

De todas maneras, el blog es un buen instrumento para mantener la cabeza activa y en orden, y para cultivar el noble arte de la escritura.

Será por eso que últimamente estoy un poco desenfocada y torpe. 

Pero es que no me apetece. Estoy cansada de profundizar. De opinar, de quejarme, de analizar. Estoy HARTA.

Quiero divertirme en la superficialidad de la vida, resplandecer en el bendito escenario de las apariencias.

Y así, no se me ocurre tema. Estoy en actitud contemplativa y consumista de creaciones ajenas. Mis interacciones con el mundo virtual se reducen a 140 caracteres, por lo general en forma de chascarrillo siempre que es posible. Ya tiene que pasar algo gordo para que me cabree.

En modo zen. Absolutamente pasivo y zen.

Sin embargo, las oscuras golondrinas siguen luchando por penetrarme la mente…

 

 

 

De centauro veintiuno