Estrenando reforma laboral

Qué difícil es mantener el humor cuando la realidad ataca por la espalda.

Hoy han aprobado la enésimo quinientas reforma laboral en España con la excusa malformada y malnacida de la cri cri crisis (tartamudeo hasta al escribir la palabrita), y yo ya la he estrenado como una campeona.

Anteayer estaba emocionada con las actividades para pequeños que me habían propuesto, el currillo por horas por el que casi lloro. Finalmente tuve una reunión en el Ayuntamiento en la que nos explicaron como sería la metodología de trabajo y qué objetivos se pretendían conseguir. Fue espantoso.

Nos congregaron en una sala de reunión a unas nueve personas, algunas de las cuales fueron llegando a cuentagotas debido al escalofriante despliegue policial que paralizó la ciudad durante las dos horas que duró la pacífica manifestación de los puteados trabajadores del sector naval. Una vez sentados y apretujados (la sala no era lo suficientemente grande para albergar a los allí presentes) se iniciaron las presentaciones. Empezaron los técnicos para mostrarnos quién mandaba allí.

Después nos hicieron presentarnos también a nosotros uno por uno resumiendo nuestros logros, como si estuviésemos en estas entrevistas grupales que hacen para telemarketing. Yo no me lo podía creer, me puse tan nerviosa… Se mascaba la tensión, la presión y la incertidumbre.

El jefazo después nos miró y nos dijo con desprecio que ahora quería sinceridad (¿antes no la hubo?). Todos al borde de la apoplejía. Lanza la pregunta: “¿Cuál es vuestro nivel de inglés?” La cabeza dando vueltas: “¿Dónde estoy? ¿Dónde está la cámara oculta? ¿Esto no era para ser monitora de mierda por una subcontrata?”

A una de las jefas intermedias ya la conocía yo, que también fui técnica o qué se cree, vaya si no la conocía, y ella a mí, pero no hizo ninguna muestra de ello. Endiosada interina trasladada de concejalía a pesar del cambio de gobierno (¿a qué nieveles de contactos se mueve esta gente?), además de hacerle la pelota al jefísimo pepero, nos explicó como a vulgares analfabetos el propósito de nuestro quehacer, que paso a resumir por puntos para no darle más importancia de la que tiene:

– Tenemos que entregar una programación con objetivos, contenidos y actividades de todo el mes para antes del domingo a las 12 de la noche. Cada mes se entregará una programación del mes siguiente.

– Los objetivos tienen que ser reales y alcanzables.

– Los materiales y recursos los tenemos que preparar nosotros.

– Las inscripciones aún no están cerradas así que todavía no se sabe ni el cole de destino ni el número de niños ni las etapas, que pueden estar juntas si no se llega al mínimo estipulado de 5 niños por actividad.

– Son tres horas semanales. Tres. Ampliables.

Y otras chorradas pedantes que no recuerdo con nitidez, sobre todo una sobre el área lógica del ajedrez y la estimulación cognitiva. Al oírla hablar parecía que le salía natural y todo, pero yo la conozco y sé que entrena en casa.

El jefísimo nos dijo además que, si queríamos seguir el año que viene, tendríamos que ponernos las pilas y aprender o mejorar el inglés porque el programa será bilingüe. Que habría una evaluación mensual de los Educadores, de los niños y de las actividades. Que esto tenía que arrancar. Que teníamos que implicar a los niños y a sus padres para que trajesen a más niños, que esto funcionaba por el boca a oreja y que si hacíamos un buen trabajo se iba a notar (¿comerciales educativos?) y se iba a ver en las evaluaciones. Que no nos preocupáramos (nos vio las poéticas caras) que no era el tribunal de la Inquisición (uy, menos mal que avisa usted). Que si la actividad terminaba a tal hora pero venían padres a preguntarnos por sus hijos, había que quedarse hasta que los padres se fuesen. Que esto era cuestión de actitud, y que era lo que se iba a medir en la evaluación, quién le ponía ganas y quién no.

Ea. De dinero no habló nadie y, como nadie habló, yo tampoco. Estoy harta de ser siempre la portavoz de los cobardes a la que después ponen velas negras.

Salí de allí tambaleándome y cómo agradecí el frío bestial que nos azota para descongestionarme. Afuera había un grupito de cuatro de las chicas que habían compartido la experiencia conmigo ahí dentro. Estaban tan asustadas como yo. Hablaron de dinero, creía una que como cambiaron el convenio ahora son 7 euros la hora. “Qué va mujer”, dije yo. “Este es un trabajo con mucha responsabilidad y seguro que está bien pagado”.

Ese día al llegar a casa después de una dura jornada por otros motivos (lo único que me reportó paz fue el apoyo escolar que hago voluntariamente con los gitanos, que estaban especialmente trabajadores e incluso leyeron un cuento en voz alta), me puse a buscar información como una loca sobre matemáticas recreativas y otras chaladuras (qué daño hace creer que esto es Finlandia, o que puede serlo por medio de actividades extraescolares) que incluyó la técnico que promociona entre concejalías sin oposición. Como ella misma dijo, “si tenéis alguna duda lo miráis en Google”. Pues vamos allá, a mirarlo en San Google. Que no se diga que no tengo actitud.

A los cinco minutos casi me da un vahío. “¡Esto es muchísimo curro! ¡Y tendré dos días! Si ya empezamos el lunes, ¿cómo voy a hacer para preparar todas estas actividades? Oh, tierra trágame. Por lo menos me pagarán bien, el ayuntamiento siempre paga bien…” (Mantra de autoconvencimiento).

Pero los 7 euros de la otra no paraban de darme vueltas por la cabeza. Pasé una noche mala, con angustias y palpitaciones. “Por aquí no”, me decía la voz esa que desde hace poco me sale, “por aquí no”. Sin embargo, me empeñé en no escucharla porque si tampoco era por aquí… ¿Entonces por dónde era?

Al día siguiente, sobre las 11 de la mañana (tranquilos, que no hay prisa) me llama la chica de la subcontrata para decirme por fin a qué cole voy y qué grupos me tocan. Yo ya no la dejé terminar, ahí fui poco fina y un poco maleducada, ¡pero es que no podía más! Le pregunté directamente por las condiciones económicas, y claro, me dio el bruto final mensual. Le pregunté el importe por hora, y durante un rato parecimos dos estúpidas sin capacidad numérica intentando saber cuál era la cifra mágica.

Por cierto, soy matemáticamente incompetente, y me avergüenzo de ello. Para estas ocasiones son fundamentales las nociones básicas sobre matemáticas. Podéis usarme como ejemplo nefasto para animar a los niños al estudio.

Y salieron las cuentas, salieron las cuentas y me tuve que sentar. 7 euros decía la otra, 7 euros. Estaba equivocada. Equivocada.

Eran 6 y pico. No lo repito porque voy a parecer un loro. Y sólo cuentan las horas de actividad. La programación mensual que les hay que enviar, la preparación de las actividades y la atención a los padres corren por cuenta del explotado empleado.

Encima para llegar al cole que me tocó tengo que coger el bus, así que me quedaría la broma en unos 4 euritos para pipas, sin tener en cuenta que tendré que usar mi ordenador y mi impresora, mis folios,  y mis etcéteras.

Vida perra. Guau.

Así que he estrenado la reforma laboral sin que hubiera reforma laboral aún. Ahora ya sé lo que se siente después de rechazar un trabajo de lo tuyo pero muy basura: te queda la sensación infernal de “¿y si era lo único que me quedaba? ¿Y si realmente y como dicen soy una vaga, las cosas han cambiado, y ahora tendré que volver a empezar desde abajo? ¿Y si era una oportunidad para meter la patita y la he dejado pasar?”…

Lo que noto es que las palpitaciones y los sudores han cesado. Y en frío sé que ni soy más vaga que cualquiera ni eso era una oportunidad.

Eso sí, aprendí dos cosas:

1. Prefiero cambiar de área laboral (véase incorporarme al sector limpieza) antes que trabajar gratis bajo presión “de lo mío”.

2. Siempre hay que preguntar cuánto se va a cobrar, siempre. Para ahorrar tiempo y dolores de cabeza.

Ahora ya pasó, pero cuando lo recuerdo aún me agobio por el patetismo de la situación. De todas maneras creo que es algo más profundo, es como decirle adiós a mi carrera de Educación Social para centrarme en mis queridas Humanidades, es como tirar el esfuerzo de tantos años padeciendo en la administración para dejarme arrastrar al interior de mis emociones, al camino que tenía que haber recorrido desde el principio y que ahora estoy dejando que venga a por mí.

Bienvenido sea :)

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