Escribí esto cuando tenía 26 años

 

Revolviendo entre mis numerosos escritos, me encontré con este que relata mi estado de ánimo y mis reflexiones mientras estuve trabajando en un proyecto de intervención sociocomunitaria ideado por mí y desarrollado en colaboración con otra profesional del área, con una calidad técnica impresionante y con unos logros igualmente impresionantes, que se fue al trasto por culpa, como siempre, de LA SUCIA POLÍTICA.

El mundo se puede cambiar, yo lo he vivido y fui partícipe. Es muy largo y muy doloroso de contar, pero sólo quiero dejar la idea clara de que el mundo se puede cambiar, la gente quiere cambiar. El problema es que los mediocres que tenemos por dirigentes no nos dejan hacerlo.

En esta temporada en la que está escrito el texto ya empezaba a flojear. La historia terminó muy mal meses después, cuando decidieron suspender el programa, cargándoselo poquito a poco, cambiándonos de sitio continuamente para alejarnos del barrio, poniéndonos impedimentos de todo tipo, quitándonos recursos, inventando absurdas normas.

Hasta que nos quitaron el dinero para dárselo al hijo de la concejala, que el niño quería montar una empresa de conciertos. Y claro, venían las elecciones y había que hacer promoción, así que con nuestro dinero del barrio montaron un concierto para moteros al que fueron 200 personas. En la prensa lo destacaron como un gran éxito, y mi proyecto -que no era vendible aunque lo intentaron varias veces, con mi oposición frontal- fue disuelto sin el más mínimo remordimiento, alegando que se habían cumplido los objetivos.

Esto es la política, señores.  Lo demás que les cuenten es marketing.

El lunes estuve bien, pero hoy martes ya vuelvo a dar palos de ciego. Un par de descalificaciones, tres malas historias, y ya caigo otra vez en el estado de confusión que me aterroriza. Pienso en mi trabajo, en cómo puede estar llegando a perjudicar el desarrollo evolutivo de los chavales, en lo que me dijo Pilar la de clase de que estábamos generando una dependencia muy fuerte. Se me aturullan las ideas en la cabeza, y pienso una solución de escape: ¿en qué profesión, banal y superficial, podría encajar para no desmoronarme?¿A qué me voy a dedicar en mi vida?¿Cómo es posible que me haga tanto daño la realidad?
En verdad, por principios pienso que debería dejar mi trabajo, además tengo como una especie de presentimiento que me dice que la situación se va a agravar, no sé en qué sentido ni de qué manera, pero me asusta mucho. Escuchar tantas críticas comienza a hacerme dudar, recuerdo a la guía diciéndonos que éramos demasiado permisivas con los chavales, y a otra monitora, que también lo dijo. Después recuerdo la situación por la que pasó cada cosa, y ya no me parece tan dudoso, creo que ellas están equivocadas. Con la guía el tema es que ella es una chica muy refinada, religiosa, católica y apostólica. Los chavales son todo lo contrario, la imagen a la inversa reflejada en un espejo. Sueltan tacos contra el clero y su jefe, son unos chorizos, unos descuajaringaos. Llevan la ropa sucia y rota, hablan a gritos, escupen, se pegan, eruptan y corren sin parar unos detrás de otros. No creo que la guía esté acostumbrada a acompañar a grupos de este calibre, de hecho intentó explicarles algo de historia sobre el Camino y no le hicieron ni puto caso. Ella flipaba, y se puso roja, que se lo noté. Estoy pensando que nuestra labor es doble: por un lado, tenemos que “educar” a los críos; por otro lado, tenemos que “educar” a los monitores. Y eso que ella, siendo tan religiosa y tal, debería de estar más concienciada con esa realidad. Aunque creo que lo que no le gusta (tanto a ella como a la otra monitora) es nuestro método. Nosotras, o por lo menos yo, tengo que conocerlos primero bastante a fondo para poder comenzar la intervención. Sé que lo que yo les diga puede resultar determinante, y para que les cale hondo, tienen que confiar en mí. La confianza no se gesta en un día, ni en un mes, y si les impongo un método desde el principio no va a ser lo mismo. Por eso parecemos permisivas: porque no obligamos de la forma en que es habitual, ni imponemos un orden establecido, ni les hacemos talleres sobre sexualidad o drogodependencias. No, porque no nos hace falta, porque queremos que, cuando tengan un problema, ellos mismos sean capaces de contárnoslo, queremos que confíen en nosotras, pero no por imposición, sino por espontaneidad, queremos que se desarrollen como personas encontrando en sí mismos lo que desean para sus vidas, queremos que sean seres humanos nobles, valientes y capaces de valerse por sí mismos, con ideas propias. Por eso también cuando los chavales nos dicen cosas descabelladas, salvajadas, que hacen o que querrían hacer, no nos asustamos, ni los reprimimos con broncas: nosotras les ofrecemos alternativas, y un montón de cosas que sé por la experiencia que me han dado que no se las habían planteado ni en el mejor momento de lucidez que hayan tenido. No poseen estrategias adaptativas a nuestro sistema, sino que poseen estrategias adaptativas a su propio entorno que, mira tú por donde, es lo que no queremos ver del nuestro. Y, sinceramente, en este método es en donde creo que está el secreto del éxito. Pero esto no se aprende. Se lleva en la sangre.

Aún me emociono después de tanto tiempo. Fue una auténtica pasada.

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