Cuento 1

 

Hacía un día de calor infernal cuando Pito Pelotas salió de casa. Llevaba su visera, una camiseta de tirantes y unas bermudas para que no se le pegara el sudor por las pantorrillas. Los tenis eran de última generación, con cámara de aire y agujeros especiales que transpiraban lo intranspirable.

Tenía pensado hacer una sesión de paseo sin rumbo fijo para despejar la mente y estirar las piernas. Con sus super zapatillas, el esfuerzo era mínimo.

Pero el calor era aplastante.

Había hasta helados derretidos en el kiosko de Pedrito, el hijo de Marisa.

La gente por la calle iba sofocada, a cámara lenta y sudando la gota gorda. Eso a Pito aún le daba más calor.

Pito era un ensoñado. Se quedaba mirando a la gente cuando estaba de buen humor, y los quería a todos. Pero los quería de verdad, le daban ganas de abrazarlos, o de decirles alguna cosa agradable. Esos días, el corazón parecía que le iba a estallar en el pecho. Y él no lo entendía, pero en esos momentos estaba realmente feliz y no pensaba en nada más que en cuánto quería a la gente. Y a los autobuses, a las casas, los animales, los coches, las hierbas de la calle y las baldosas rotas. Lo quería todo con un profundo amor de hermano.

Pito iba por la carretera principal de la ciudad, por la que entraban los coches que vienen de fuera. Los que no tenían aire acondicionado llevaban las ventanillas abiertas; no abrían los maleteros por seguridad pública.

“-Qué calor, qué calor,…” Pero no era importante eso en un día de amor universal.

En estas Pito se cruzó con una mujer de inmensos ojos azules. Nunca antes la había visto, y supuso que trabajaría de secretaria. Esa suposición le llegó como un impulso del más allá, a modo de fuerza suprema que transmitía conocimiento. Él no podía saber cuán equivocado estaba.

Se miraron. Uno al otro y el otro al uno. Se miraron, y para él saltaron chispas. Ella pasó de largo, y el pasó de todo hasta un poco más adelante. Llegando al estanco, decidió dar la vuelta lo más rápido posible, e irse directamente a buscarla, a decirle algo… En el intento, chocó con una farola del alumbrado público. Vaya leche. Pero no le importó, él siguió corriendo, sudando como un cochino, en busca de la dama que le había cautivado.

Una vez la encontró, la contempló un rato de espaldas.  Llevaba una camiseta de tirantes muy bonita, que pensó que sería de marca.  “Hola”- le dijo. Ella pegó un grito del susto, y se enfadó con él por haberle hecho gastar energía inútilmente.

Pito se disculpó y la invitó a un café.

Fueron a un bar y se sentaron a una mesa a charlar. Él le contó sus planes, sus proyectos, sus ideas… y ella escuchaba, parecía atenta y realmente interesada. Pito seguía contando, confiando por completo en la inmensidad de sus ojos azules.

“Bla, bla, bla.” Estuvieron así tres días, hasta ayudaron a limpiar al dueño de la cafetería. Se separaron, prometiéndose mutuamente una nueva cita. Pito Pelota llegó a su casa satisfecho, feliz. Se sacó la visera, que estaba chorreando, y todo lo demás, que también estaba chorreando. Se tiró en el sofá haciendo honor a su apellido y puso la tele.

Vaya sorpresa que se llevó, vaya sorpresa. Su amada, su confidente, aquella mujer tan especial que lo había embaucado, estaba dando una rueda de prensa para todo el país. Contaba sus ideas, las de Pito, las que le había contado a ella durante esos mágicos tres días.

No era secretaria, era política.

Y de las buenas.

Pito se dio una ducha fría y se metió en cama durante dos años. Cuando se curó, volvió a salir a la calle a dar sus paseos de ensoñado, pero ya no era lo mismo. Las personas le parecían borregos, los coches le daban asco, los animales le parecían molestos y las mascotas terriblemente pijas, los edificios estaban llenos de líquenes y de vidas iguales dentro, las baldosas deberían de no estar rotas y los hierbajos no pintaban nada, mientras que los autobuses funcionaban mal e iban hacinados de personas. Desde luego, qué asco.

Pito Pelotas optó por volver a su casa y hacer ejercicios de conciencia para ser capaz de salir a la calle sin pensar en ninguna cosa que no fuera él. Le costó diez años modificar ese hábito que era más genético que de opción personal y, cuando se sintió como una piedra, se tiró por un puente porque ya nada tenía sentido. Así, en esas condiciones, prefería estar muerto que compartir su existencia con pimientos morrones.

Cayó, hizo un charco, y la onda expansiva duró unos 4 segundos.

Mientras tanto, la gente seguía caminando por el puente, en su recorrido invariable hacia ninguna parte.

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