Cuento 2

 

“Me quiero matar, me quiero matar, me quiero matar…”

Corría desconsolado de un lado a otro de su casa, se quería matar. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo conseguir una muerte efectiva e indolora?

Él se quería matar, siempre lo tuvo claro. Quería crecer un poco para ver cómo iba esto de vivir y, si no le gustaba, se mataría. Como quién va al cine y no le gusta la película.

Pero era cierto, se quería matar, pero de verdad, con conocimiento de causa. Era una fuerza suprema la que le obligaba a hacerlo tras haberse debatido entre el sí y el no. Aunque más que debatido pretendía autoconvencerse, ya que… ¿por qué se iba a matar? ¡Si todo el mundo vivía!

En momentos de lucidez pensaba que también todo el mundo era gilipollas, así en general, algo de lo que él mismo no se excluía, y también por eso se quería matar.

Realmente le importaba un comino el hecho de morirse, no tenía miedo ni dudas existenciales. Sus dudas eran más bien de carácter terrenal: “Si me intento matar y no muero… ¿me meterán en la cárcel?” Eso sí que le producía pánico. Se negaba a que decidiesen por él en nombre de la justicia o la sanidad pública o lo que les saliese de las pelotas. Él se quería matar pero bien, sin interrupciones ni problemas. Su gran dilema era cómo hacerlo.

Dado que vivía en un segundo piso, descartó el suicidio vía ventana. Demasiados riesgos. Le tenía pánico al agua, así que fuera tirarse al río. Siempre rechazó los fármacos y las substancias químicas, así que nada de pastillas. Pocas opciones le quedaban ya… ¿Cuchillas? Se quería demasiado como para rajarse la piel. No le apetecía, además, resultar desagradable para quien lo encontrase yaciente. Él quería morir guapo, lo tenía clarísimo. No quería ni morir espectacularmente ni quedarse sucio.

Se le ocurrió la brillante idea, y se le iluminó la cara a la par que la bombilla. Se dispuso a prepararlo todo para el gran evento, personal e intransferible.

Puso el Carmina Burana en su mp4, su canción preferida, para escucharla repetidamente. Recorrió todas las gasolineras que consideró necesarias para comprar hielo. Mucho hielo.

Se gastó un dineral.

Al llegar a casa llenó la bañera con los cubitos de hielo, se despelotó, le dio de nuevo al play del mp4, y a morir, que son dos horas.

Tenía cuatro cajas de valeriana para adormilarse y paliar los efectos del frío. Además, previsor como era, había colocado un dispositivo que a las tres horas empezaría a dar calor con el fin de recuperar su aspecto de querubín rosado cuando ya estuviese muerto y de color azul frío.

Había pasado ya media horita, y qué lejos sentía la música… Hacía un rato que se estaba durmiendo. Apenas sentía, ya casi no sentía nada, soñaba con el Ártico y los pingüinos, con esquimales amables que le daban pieles para que se cubriese, lo que el rechazaba con una sonrisa etrusca.

¡MMMmmmMMmmm! Por fin se iba a morir, qué paz, qué sosiego, un momento… ¿qué ruidos son esos?

Todos tenemos un amigo pesado, o hemos tenido, que vela por nuestra seguridad, felicidad y bienestar sin habernos consultado, ¿a qué sí? Pues este pobre hombre también lo tenía. Y se había personado en su casa justo el día de la despedida final, aquella personal  e intransferible que decíamos más arriba. Había tirado la puerta abajo el muy bruto tras haber llamado sucesivas veces y no obtener respuesta. Al entrar en el baño se puso histérico perdido, se arrodilló y entrelazó las manos y gritó como si le fuera a él la vida en ello:

“¿Quién te ha hecho esto, amigo mío? ¿Quién se ha atrevido a hacerte esto, que lo mato?”

Tenía guasa.

Se abalanzó sobre el cuerpo pálido y yacente en la bañera y lo rescató de la feliz agonía. “Joder, joder. Eres gilipollas. La ostia que te parió. A ti qué cojones te importa mi vida,  o mi muerte, o mis dos cosas, qué te importa” Temblaba de frío y de rabia. Lo echó casi a patadas pero tenía las articulaciones y la musculatura rígida, así que pudieron más los gritos.

El buen amigo, temiendo por la salud mental del suicida frustrado, llamó al psiquiátrico para que fuesen a recogerlo.

Finalmente tuvo que joderse, hablando en plata, y se cortó las venas frotándose con la esquina de una mesa. La desesperación en el psiquiátrico pudo más que sus ganas de morir limpio.

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