En épocas de frío, búscate una estufa

 

Vivo en una mierda piso. Un quinto sin ascensor separa mi compra y mi carpeta del suelo.

Salgo de la facultad sola. Camino lentamente hacia mi casa, mi casa alquilada con cuatro perras, un día se cae y yo con ella, un día enciendo la radio y me electrocuto. Un día, un día, un día esta casa de mierda me mata, pero a quién le importa.

Llego al portal. Subo las mil escaleras que separan el quinto del suelo. Subo y subo para llegar a mi mansión putrefacta, avanzo en espiral y no llego a ninguna parte. Tengo que estudiar, no me apetece, la eterna Historia Contemporánea, las luchas permanentes para volver al mismo sitio, mejor para unos, peor para tantos. Tengo que estudiar, doy una vuelta por la casa, todo sigue igual de asqueroso, miro por la ventana que viene a ser lo mismo, un paso, dos tres, veinte, mil. Centrarme. En qué y por qué. Cuando, cómo y dónde. Por qué por qué por qué.

Es febrero, el frío que hace me deja escarcha en el pelo cuando voy a clase a las 9 de la mañana. Aún así me gusta ir a pie a la facultad. Además, he comprobado que llego antes que esperando el bus, que suele pasar cuando le apetece.

No conozco a nadie. Llevo un mes yendo a clase más o menos rigurosamente y nadie me ha hablado por iniciativa propia. He pedido apuntes que me negaron, he intentado sumarme a conversaciones y no me hicieron caso, he colocado la carpeta al lado de otras carpetas para socializar y me la retiraron del sitio. Así que se puede decir que estoy simple y llanamente sola.

Sin embargo, la gente circula en grupitos. A veces algunos me miran. Al principio me daban ganas de que me tragase la tierra, pero poco a poco me fui soltando y comencé a sostener la mirada. Ahora cuando pillo a alguien mirándome le clavo los ojos, e inmediatamente deja de hacerlo. He conseguido que sea mi contrincante el que desee que se le trague la tierra.

¿Gran victoria?

Conseguir apuntes está siendo una odisea. Me incorporé un mes tarde porque he tenido que cambiarme de universidad y me faltan bastantes temas. En Humanidades van como cohetes, y las materias empiezan a adquirir volumen a pasos agigantados. Así que, en vista del poco éxito obtenido recurriendo a la petición natural de apuntes al compañero, me he visto obligada a comprarlos vulgarmente en la fotocopiadora. Criterio de adquisición: letra legible.

Bajo a la cafetería. He perdido la convocatoria de un examen que estaba fijado para hoy, nadie me lo había dicho y la fecha fue puesta antes de que yo llegase. Estoy bastante deprimida. Pido un café y le echo un vistazo a la prensa. Muertes, política, huelgas, guerra, listas de espera, muertes.

Me dan ganas de dejar la carrera, de dejarlo todo, de irme de este país. Estoy harta.

Se acerca un chico que ya había visto alguna vez pulular en solitario por los pasillos. Es gordinflón y tiene la piel oscura. “Hola, ¿estás sola?”, dice. Me da la risa… “lo siento, es que es el título de una película y me ha descolocado”. “Lo sé -me dice él- por eso te lo he preguntado”. Reímos los dos y le digo que sí, que estoy sola, que llevo más de un mes sola y que estoy al borde del suicidio.

Me dice que a él le pasa algo parecido. No es de la ciudad, como yo, y comentamos que ambos esperábamos un ambiente menos snob, más “humanista”… “Pobres… la culpa no es de ellos, es del entorno corrupto que nos rodea”, dice mientras señala la portada del periódico, reímos otra vez y decidimos sentarnos a una mesa mientras trasladamos nuestros cafés. Por fin un humano en Humanidades.

Seguimos conversando sobre el ambiente de la facultad, lo que esperamos de la carrera, los dos quisiéramos dar clase pero a mí me gustaría además hacer documentales o reportajes de investigación, me mira con extrañeza “nunca se me había pasado por la cabeza esa posibilidad”.

Le cuento que estoy interesada en temas de denuncia y de protesta, él me dice que es difícil hacer esas cosas, hay que ser muy valiente y está el mundo muy revuelto. Silencio. Quedamos callados, sin tema, yo creo que pensando en el sentido de estar en aquella facultad, en nuestras aspiraciones a contribuir a cambiar un poco del mundo y lo que suponía a nivel personal, lo difícil que era hacer bien las cosas. Teníamos la cara constreñida y el entrecejo apretado.

A nuestro alrededor, grupos de seudopoetas, modernos y culturetas enterados mantenían la pose previamente ensayada.

Me doy cuenta pasado un rato de que nos está devorando la melancolía, así que, como motivo recurrente, comento que hace un frío terrible, sí terrible, volvió la expresión a nuestros rostros, “pero menos mal que tengo una buena estufa” dice él. En esto mi cabeza hace un clic que pasa de la calma a la tensión en 0,3 s. “¡Ostiasss! Que creo que me he dejado la estufa de queroseno encendida…mierda mierda lo que me faltaba…quemar el cutrepiso…me tengo que ir pitando, lo siento, me voy…”

Me pongo tan nerviosa que pienso que se me sale el corazón del pecho.

Rápidamente me viene a la cabeza el casero, un señor que suele llevar un palillo en la boca, que tiene un diente de oro, mirada lasciva, va empaquetado en un traje que no le pega nada y se expresa a base de monosílabos: “¿Me puede bajar el alquiler?” “–No” “¿Me puede cambiar la nevera?” “-No” ¿Me puede descontar la comunidad?” “-No” “¿Puedo traer una estufa?” “-Sí, trae lo que quieras.”, acelera cuando cree que algo le puede beneficiar. Me veía hipotecada pagando un asqueroso piso, que encima no era mío, por una imprudencia. “Porque las imprudencias se pagan…” brotaba este eslogan permanentemente a modo de luz de neón en mi aturullada conciencia.

En la puerta de la cafetería vuelvo a la realidad con un grito lejano “¡Eh! ¡Espera! ¡Te acompaño, no vas a ir sola que ya me estoy agobiando yo también!” Me doy la vuelta y es el chico del café, al que había olvidado por completo. Le contesto, a gritos también: “¡Estupendo! Así me podrás recoger cuando me desmaye” Río nerviosamente y emprendemos la huída bajo la estupefacta mirada de algunos compañeros de clase y el camarero, que observa la escena sin disimulo.

Por mi parte, me quedé compulsivamente obsesionada con la estufa encendida en el piso, con escenas flasheadas de cables sueltos, chispas y humedad, absolutamente pasmada por la idea de que podía estar ardiendo el piso, que era una mierda, pero era el único que tenía… y mi ordenador… ay mi ordenador recién comprado con la beca… mis apuntes que había conseguido con tanto esfuerzo… no, por favor no, que no esté ardiendo nada… Estaba a punto de entrar en el peligroso tramo de las promesas a supuestos entes supremos con propósitos de redención.

De la facultad al piso aún había una buena tirada y, para colmo, cuesta arriba. Yo iba delante, colorada como un tomate y sudando la gota gorda, detrás iba Manuel (así se llamaba el chico) siguiéndome el paso como podía e intentando darme conversación para distraerme. Sin embargo, cualquier cosa que dijese, automáticamente la relacionaba con incendios, bomberos, casas quemadas… así que le pedí que no me dijese nada, que concentrase sus esfuerzos en apurar todo lo que fuese capaz.

Al llegar a la transversal de la calle en la que vivía un coche de bomberos estaba aparcado con las luces encendidas en la esquina “¡Oh no! ¡Oh no! Nooo…” Había ocurrido lo peor, mi cabeza giraba como un tiovivo descontrolado, recuerdo mirar a Manuel y su cara de estupefacción, recuerdo correr como una atleta hacia la calle y que me temblaban las piernas.

Recuerdo respirar aliviada y confundida cuando veo que lo que está ardiendo es una peluquería de la calle de enfrente “joder, qué movida” se le oye a Manuel, yo prácticamente llorando de alegría no prestaba atención a nada, me dirigí al portal poseída por el frenesí de la salvación, abrí la puerta al tercer o cuarto intento, trepé por las escaleras hasta el segundo piso y una vez allí miré atrás para ver si Manuel me seguía, que así era, seguí subiendo como escalando una montaña a punto de derrumbarse y cuando llegué al quinto respiré una vez más aliviando la tensión que aún me quedaba acumulada al ver la puerta intacta, exactamente igual que como la había dejado cuando salí a las 8 y media de la mañana… “Manuel” logré decir…”Estoy salvada” Manuel empezó a reírse de manera compulsiva allí, en el quicio de la puerta y ante mi desquicio, yo le seguí y juraría que las risas sonaron tan estrepitosamente que incluso los bomberos pudieron oírlas en la peluquería dónde, afortunadamente, no había que lamentar más que daños materiales según indicaba la prensa al día siguiente.

La facultad hoy está casi desierta. Hubo un viaje a Simancas para conocer el archivo y, para variar, no me enteré y nadie me avisó. Bajo a la cafetería. Allí encuentro a Manuel leyendo el Boletín Oficial de Estado. Me acerco a él y le pregunto si es aficionado a los best sellers. Me contesta que no, que prefiere leer sobre fuentes de financiación, y me muestra una resolución en la que se convocan subvenciones para actividades culturales. Yo nunca había visto nada parecido, ni siquiera sabía que existieran cosas de ese tipo más que las becas normales y corrientes del MEC. Pintaba interesante.

Manuel estaba muy emocionado. Me dijo que quería montar una revista, algo interesante…

…Y quería que le ayudase.

Miré hacia mi alrededor, en ese instante estaban entrando los calculines de las letras con sus caras de eruditos estirados. Los miré detenidamente, tanto que creo que se dieron cuenta. “No quiero ser así”, pensé con fuerza para mis adentros, “no quiero, no quiero”. Tras un rato en el que me figuré con ellos tertuliando sobre el aborto de la gallina, extendí la mano, se la brindé a Manuel y le dije: “Cuenta conmigo”.

Aquella decisión cambió sustancialmente mi forma de estar en la facultad. En una semana, mi anterior y asquerosa vida universitaria se había convertido en un apasionante camino hacia el enigmático y creativo mundo de las letras, con un determinado número de asignaturas y sus correspondientes créditos de fondo.

Ahora recuerdo aquella revista con muchísimo cariño, y soy capaz de enumerar cada artículo por el que he ido pasando con el transcurso del tiempo gracias a aquella primera experiencia.

Manuel es hoy un escritor relevante en Venezuela, su país natal, y yo he logrado editarle su cuarta obra desde mi pequeño mundo de las letras, en forma de pequeña empresa con también otro tipo de letras, las del banco, jaja, pero ahí estamos.

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