Fantasmas en la noche

 

Al final me decidí, no sin esfuerzo.

A la hora bruja estaba ya dispuesto a recorrer las oscuras calles y callejuelas. Me temblaban las piernas cuando llegué al portal, hacía mucho tiempo que no me envolvía en una aventura semejante. Quizá había sido un error… un escalofrío me recorrió la espalda, y me entraron unas terribles ganas de volver a subir a casa y meterme en la cama. Por supuesto no podía hacerlo, la decisión estaba tomada. Y me estaban aguardando desde hacía ya un buen rato.

Al encontrarnos nos saludamos cordialmente, enseguida noté un pestazo que me invadió las fosas nasales y que me trajo recuerdos desoladores de otras épocas. Empezaba lo raro, iba a ser una noche muy larga, o muy corta…

Fuimos en coche hasta el lugar convenido entre veloces sombras taciturnas, chillidos esporádicos y ruidos rítmicos. Mi angustia iba aumentando a la par que crecía el interés. Los que iban conmigo estaban muy excitados y se habían vestido especialmente para la ocasión.

El lugar que eligieron para el encuentro era una especie de antro con demasiado volumen para poder conversar y demasiada gente para sentirte incordiado. Nada más entrar vi al primero, su aspecto cadavérico no dejaba indiferente. Parecía un muchacho de unos 23 años, llevaba el pelo encrestado y casi rasurado a la altura de las orejas. Miraba sin disimulo de un lado a otro, en alerta, como si tuviese algo que ocultar. Un tic en la boca le perseguía a donde fuera y visitó tres veces el baño en la hora que estuvimos allí. Hablaba a gritos e hinchaba el pecho.

Tan absorto estaba en la contemplación del que creí el primer ejemplar, que no me había fijado en que dos con los que yo iba se estaban haciendo señas, y se intercambiaban algo por debajo de la mesa. No me había fijado tampoco en las interminables ojeras de las que eran dueños, ni en su tez blanquecina, tampoco en el tema de su conversación que distaba mucho del animado encuentro que manteníamos los demás. ¿Serían unos de ellos? No, que tontería… me daría cuenta, ¿no?

Al  cabo de un rato se levantaron riendo y desaparecieron entre la gente hacia el servicio. De vuelta parecían otros: vacilaban descarados con las chicas, reían descontroladamente, miraban compulsivamente a todas partes como si alguien los estuviera buscando y, para mi sorpresa, observé que mantenían una pequeña conversación de apenas medio minuto y en tono cómplice con el chaval en el que me había fijado al entrar. Parecía que tuvieran alguna relación, sin embargo antes no se habían saludado. Curioso.

Fuimos a otro lugar. En la calle pude ver a una chica con los rasgos característicos: ojeras, tez pálida, de respuestas autómatas y ropa televisiva. Más adelante otro nos miró desde su coche amarillo levantando las gafas de sol y asomando su brazo musculoso por la ventanilla del conductor. Me dio la impresión de que babeaba mientras se le desencajaba el rostro. Comprendí que estábamos rodeados de ellos y de ellas, habían aumentado en número, estaban cogiendo fuerza y se multiplicaban artificialmente a imagen y semejanza de modelos previamente generados.

Llegamos al local y allí encontré un sumatorio de apariciones que me tuvo sin dormir durante las dos noches siguientes. La gente con la que iba poco a poco se dejaba absorber por el ambiente, cada vez sus defensas se iban reduciendo hasta pasar a formar parte de aquella vorágine concéntrica en la que se repetían algunos rostros anteriormente vistos y se estandarizaban las conductas. Desde luego, no había elegido la mejor compañía para la exploración.

Algunos entes femeninos se colgaban de los masculinos intentando vocalizar para parecer “normales”, algunos masculinos buscaban ansiosos a la hembra que se les pudiese colgar en un proceso ritual de miradas atrofiadas y encontronazos de cuerpos -que al principio de la noche lucían sus mejores galas y ahora parecían sacados de las tumbas- en un espacio de20 m2. Flashes de cámaras, móviles en alto, música monocorde, peinados de moda, vestidos de moda, camisetas de moda, drogas de moda.

No había espíritu de fiesta, no había ni espíritu. No había canciones en la calle. No había vacilar sin ligar. No había conversaciones sobre el todo y la nada. No había ropa que no fuera de estreno. No había calimocho ni cerveza.

Había visitas al baño, charlas incoherentes de dos minutos, bailes imitados de famosos mal traídos y bebidas de colores para muertos en vida.

Estaba atrapado entre fantasmas en la noche.

Me fui para casa, y la siguiente vez salí de vinos.

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