Infancia

Te tendría que contar tantas cosas que no sabría decirte por dónde me gustaría empezar – o te gustaría que empezase…

Voy a regalarte una historia real, pero no te vayas a pensar que tiene relación con la monarquía, no… esta es una historia real de verdad, de las que no miente aunque te pasen los años por la espalda y te sonrían con sarcasmo. Es una Historia de Té, así le llamábamos a los cuentos que nos inventábamos para hacer las noches sin luz más amenas… Te sorprenderá cuantas cosas te va a recordar.

Yo era una niña, casi una adolescente. Me empeñé en crear un aroma de mi infancia, un sustrato que aglutinase todos los olores que componían mi historia en el recuerdo. Así que recorrí todos los caminos que ahora a ti te trasladan, me detuve en cada paso que me podría recordar una esencia, porque esa era la palabra que buscaba: la esencia de mi niñez. Recogí flores, hierbas, hojas, hasta piedras y arena que iba metiendo en una bolsa de supermercado, y volví a casa segura de que me obtendría a mí misma en forma de perfume. Busqué un recipiente lo suficientemente grande para albergar todos mis recuerdos materializados, y encontré una tinaja azul que en ese momento me pareció lo más útil de toda la historia de la humanidad.

Te pareceré una niña, pero eso es lo que era. Tengo que recordarlo, es una forma de tenerme presente en los instantes en los que te lo contaría todo. No parece que necesite ayuda, pero te prometo que muchas veces necesito recordarme cómo era para poder entender como soy. Es tarea difícil, esto también te lo prometo.

Sabía que tendría que acometer una última tarea. Lo había visto en la tele, y lo sabía por las colonias. Me faltaba un ingrediente importante para terminar mi pócima. Este no era otro que alcohol, seguramente le daría una consistencia sólida, un aroma duradero, permanente, que cerrase un ciclo para abrir otro. Corrí al baño y allí encontré lo que buscaba. Deposité los encuentros en la tina azul que medio llené de agua Y añadí alcohol, el que consideré suficiente para crear mi obra maestra. Lo dejé en reposo y constaté que no entrase aire por ninguna parte cubriéndolo con un plástico. A los dos días, volvería para ver el resultado. ¿Te imaginas lo que pasó?

Te podría contar mil batallas, decenas de historias inventadas que no te conducirían a ninguna parte. Podría intentar hacerte viajar por otros mundos, buscarte en las nubes con duendes y princesas, o elefantes, tigres y etéreos animales tenebrosos que te harían estremecer. Pero no. No es que haya elegido la vía rápida, más bien he elegido la vía que creo que te puede resultar útil.

Llegué a la bodega donde estaba la tina tras veinticuatro horas, no podía soportarlo más, tenía que ver la evolución del proceso. Sumamente interesada, levanté el plástico para ver si había ocurrido algo. Las hojas, flores y demás estaban algunas flotando y otras semisumergidas, y apenas sentí olor a nada. Menos mal que había mirado, porque estaba claro que faltaba alcohol. Le eché medio bote y esperé otra vez hasta que no pude más. Eso fue veinticuatro horas después. Te podría explicar ahora que la impaciencia no es precisamente una virtud, más quien puede juzgar sobre las cosas que están por escribir… Seguramente el problema era de planteamiento, no de impaciencia.

Por segunda vez, separé con cuidado el plástico. El pestazo fue tremebundo. Las hojas, los pétalos, las hierbas, se habían podrido asquerosamente. Mi pócima especial, mi perfume de infancia, se había convertido en agua marrón caca con olor a podrido.

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