La batalla

 

DE LA TEORIZACION DE LA VIDA O DE LA VIDA TEORIZADA

Esta era una persona que no podía vivir sin respirar. Por eso se había pasado los días y las noches respirando, para acostumbrarse a la rutina e incrustarse sin salida en una lucha sin pelea. No quería convertirse, por nada del mundo, en un ser que necesitase respiración asistida. La vida así no le parecía sencilla, pero no le quedaría más remedio que acostumbrarse. Y así se lo hacía saber todo el mundo, que le animaban en su batalla. Esta persona no acababa de entender muy bien por qué tenía que mostrarse agradecida.

A veces le latía fuerte el corazón y sentía que algo le arañaba por dentro. En esos angustiosos momentos, esta persona procuraba concentrarse profundamente en su respiración: “adentro, afuera”, se decía mentalmente mientras imaginaba su cuerpo inflándose y desinflándose como un globo de feria. “Tengo que seguir respirando”, eso era lo más importante para ella. Intentaba volver en sí y, pasados unos minutos, a veces lo conseguía de forma completa. Entonces se olvidaba de todo y se asomaba al balcón de la vida.

Esta persona se llamaba Rowling. Vivía al lado de un lago empantanado en donde vertía los residuos una fábrica de quesos cercana. En verano muchas veces sintió la tentación de echarse a nadar por aquellas truculentas aguas pero, afortunadamente para su salud, sus escrúpulos nunca le permitieron hacerlo.

En aquel lago había un lugar que solía ocupar porque era muy cómodo para sentarse. Allí entrenaba para mantener su respiración constante, tal y como le habían dicho los especialistas, y repetía los ejercicios una y otra vez hasta asegurarse de que comenzaban a salirle correctamente. Estaba convencido de que un error haría que dejase de respirar para siempre, y eso no debía hacerlo nunca, le habían dicho.

Rowling veía al resto de las personas y sentía cierta envidia sana que no le acababa de gustar del todo. Las veía felices, sin problemas, sonrientes ante la vida o enfadados por lo que fuese, pero despreocupados de su respiración. Para él eso era la máxima expresión de bienestar: poder estar tranquilo, con la mente libre de órdenes sobre como tomar y expulsar las bocanadas de aire. Esos pensamientos fluían fugaces por su mente porque enseguida tenía que retomar el hilo del adentro – afuera que debía observar religiosamente para seguir respirando.

Sin embargo, había una duda omnipresente que por si sola podría tener fuerza suficiente para cortarle la respiración, si él no estuviese preocupado por mantener los ritmos. La gran duda era: ¿por qué?

Acosado por las inquietudes que le provocaban esa Gran Duda, se decidió a buscar desaforadamente el origen de su mal, la causa de tener que tomar la decisión consciente de respirar para poder seguir haciéndolo. Tras asesorarse lo mejor que pudo y supo, llegó a la conclusión de que lo más efectivo sería someterse a una sesión de hipnosis regresiva dirigida por un prestigioso psiquiatra psicoanalista psicólogo que había experimentado con L.S.D. en los setenta. De hecho, su situación tenía mucho de psicodélica, y tampoco le importaría darse un paseo por el mundo de Alicia en el País de las Maravillas llegada la ocasión (…)

Está ya tumbado en el diván. Su vida comienza a pasar como fotogramas de una película ajena a él. Del final hacia el principio, y viceversa.

Los colores brotaban salvajes en su mente e invadían los escenarios en los que no pasaba nada más que un tiempo eterno y fugaz aderezado con la banda sonora de una respiración intermitente de fondo. Fucsias, verdes, azulones… configuraban el misterio oculto al que debía de enfrentarse.

No pasaba el tiempo y, sin embargo, aquel momento parecía una eternidad. Sus movimientos, lentos, le devolvían al estado inicial de inocencia ininterrumpida en la que todo es del color del que se mire. Una campanada de iglesia suena a lo lejos. Entonces comienza a pasear por una historia conocida que simplemente tiene que recordar, una historia lejana inscrita en su memoria que volvía para contarle cómo había pasado todo.

Cae la noche en una casa a las afueras de una ciudad, quizá. Las paredes de la casa son blancas, de cal, con la pintura cayéndose por algún lado. Un jardín con rosales enmarañados invitan a mantenerse a una prudente distancia. Hay un camino a seguir que no se ve, pero no hay más alternativa que esa si quiere llegar a alguna parte. Unas escaleras y una puerta roja, grande, de madera, poderosa en su soledad, triste en su grandeza. Una puerta que conduce a una habitación con mucha claridad en la que dos mujeres, una anciana y una joven, mantienen una conversación en silencio. Hay una cesta de costura entreabierta que deja ver alfileres clavados en una almohadilla rosa.

La joven mujer está embarazada. Sus gestos, esponjosos y etéreos, resuenan como un estallido en las ventanas de la habitación. La luz blanca lo envuelve todo, tanto que impide ver, quiere mirar, está colgado de su esfuerzo por componer el resto de la escena. La habitación ha pasado a convertirse en una enorme luz blanca. Decide descansar un rato antes de continuar con su viaje. Expira, inspira, dentro, fuera, arriba y abajo. Siente la textura del diván bajo el roce de su mano. Lo acaricia, es suave, aterciopelado diría, o de piel de melocotón… una vez tuvo un abrigo de piel de melocotón…

Imágenes obtusas y retorcidas, eléctricas en sus flashes, distorsionadas en sus colores… imágenes enmarcadas en una pantalla cuadrangular que se acerca y se aleja con los golpes de una respiración. Un manto rojo abraza el paisaje que se descompone en escenas latentes en la memoria desvirgada de Rowling. Escucha un sonido largo, vibrante, fuerte, que parece que dice algo que no se entiende, un sonido que viaja por habitaciones atemporales y atraviesa paredes, puertas, ventanas, mar, tierra y cielo. Lo conoce… lo reconoce… sí…

Pero no, al final no.

Comienza ahora un viaje de ida y vuelta que le conduce a un campo verde menta, con aromas dulces que traen las flores, con quejidos suaves de un viento que bulle. Al fondo, a lo lejos, divisa una escena perfectamente recortada del paisaje en la que una mujer está de espaldas sentada frente a lo que siempre imaginó como un abismo.

A vista de pájaro el mundo parece a veces muy pequeño, y tantas otras, inmensamente grande, multiplicando por mil las emociones y los afectos. Los ojos son del tamaño del entorno; al mismo tiempo estamos tan lejos de la cámara, justo detrás de ella: un milímetro más y podríamos salir en la escena que está grabando. Me acerco suavemente desde el aire a la imagen casi celestial, divina, de una mujer de espaldas al guión, más ajena que yo si cabe, porque ella no sabe que yo existo… yo la veo desde alguna parte de algún lugar, pero tampoco soy yo, quizá sea ese que va a mi lado sin yo verlo, como escribió Juan Ramón Jiménez cuando era más joven. Golpea mi pecho, y mi educado diafragma me responde desde tan lejos que no le oigo apenas… una voz entorpece mis susurros, un dos tres empieza la cuenta atrás, ahora o nunca tengo que recuperar el ritmo… “Rowling, Rowling, Rowling, Rowling,… la sesión ha terminado por hoy…”

Son 150 euros.

Camina mirando al suelo con las manos en los bolsillos, hace frío y comienza a oscurecer. Observa la calle casi vacía y, sin querer, busca entre un par de mujeres a la que aparece en sus delirios psiquiátricos. Un perro con una pata enferma cruza hasta la otra acera, y Rowling se sumerge de nuevo en un constante ir y venir de causas y efectos que debe dominar para seguir respirando.

Se deja atrapar profundamente por sus dudas. Tampoco tendría mucho sentido volver a la sesión, o quizá sí, tampoco sabría muy bien qué pasaría cuando descubriese la causa de su anormalidad, no sabía siquiera por qué se había embarcado en este embrollo…. qué más le dará, a él, tan preocupado por expirar e inspirar, cual es el origen de su rareza… ¿acaso los demás se preguntan por qué respiran todos igual? NO. Pues ya está, decidido, dejo de hacer el gilipollas buscando estupideces banales y triviales que no me conducen a ninguna parte, sólo a dolerme de mí mismo y a pensarme como sería si fuese otro, ah, cuánto tiempo perdido, ah, ahhhh…

El informe de la autopsia confirma la sospecha: muerte por parada cardiorespiratoria. Era un buen chico, comenta el psiquiatra psicoanalista psicólogo, pero se veía venir porque bla, bla y bla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s