Pasen y vean (sin terminar)

 

Se abrió la puerta de una casa de un pueblo perdido de quien sabrá que país lejano, cercano, pasado, presente y futuro. Se abrió la puerta de madera, grande, pesada, azul gastado, vieja, roída, carcomida, pero que todavía soportaba con orgullo el paso de los años. Se abrió la puerta y apareció la nada sepultada bajo un manto oscuro con forma de ceguera temporal, hasta que los ojos se acostumbraron a la luz y pudo ver un atisbo de los magníficos secretos que se escondían en las corrientes de viento que aparecían y desaparecían.

Llegó el momento de decidir, sigo o no sigo, ceso en mi empeño por encontrar lo inexistente, algo tiembla, algo gime, algo me llama para que lo descubra, invoca mi nombre y se esconde tras las cortinas de humo, de niebla, de extraño y ajeno ambiente que me resitúa en otra dimensión, en un paraíso desconocido y respetado por vivos y quizá muertos. La escalera se alza majestuosa, apolillada pero firme, y conduce a un altillo del que sale luz, una luz exterior que purifica la memoria y devuelve al mundo real. Al apoyar la mano, ve a un chico prisionero, atrapado por manos blancas como la luna llena que le ciñen con fuerza las muñecas, lo asen como pueden e intentan desproveerlo de sus movimientos compulsivos, deplorables, dolorosos de ver, de oír, de padecer, de asistir. Movimientos, secos, duros, un golpe, una caída, la noche de los cristales rotos, fue un día lluvioso a finales de otoño… fue un día que sería feliz de no haber sido porque las manos blancas acariciaron el rostro de un muchacho de pelo negro que llora porque a veces ya no queda más remedio que llorar.

Vuelve a la vida de nuevo, despierta de repente y observa la escalera. Por ahí corrió furioso, por ahí saltó alegre, cantó sus notas, bailó sus fiestas, lloró sus crímenes y escupió a sus olvidos. Por allí cayó su sueño, con él dormido, por allí paso la vida y, zas, de un golpe seco, se la llevó la muerte.

Se retira a una esquina y toma aire profundamente, cierra los ojos e intenta relajarse. Después abre los ojos y se da la vuelta. La escalera le llama lentamente, suavemente, y ella no opone resistencia, pero es difícil acallar a la parte racional que le dice a una que por ahí no va bien. Instinto de supervivencia.

Sube las escaleras despacio, tranquila, reviviendo encuentros de rostros desconocidos pero presentes en su memoria como si ella formase parte de sus vidas en algún momento. Sigue avanzando poco a poco, cruje la madera, hay una brecha en la pared, una inmensa telaraña en el techo. Segundo piso de la casa. Huele a cerrado, a casa vieja, a falta de calor humano, a frío de lápida de cementerio. Una figura de Cristo crucificado decora la primera habitación que se encuentra. Allí yace una vieja con una mortaja en la cabeza, y almas runruneantes hablan en bajito, todas a la vez. Hay luces, y una niña que juega con un vestido amarillo y azul, demasiado amarillo para un día gris oscuro. Es día de velatorio, es noche de muertos, la habitación recupera la claridad y desaparece de ella de un salto, hacia el pasillo, en busca de nuevos encontronazos.

Pero antes debe descansar.

La siguiente habitación está marcada por un cinturón en una silla. Un nuevo flash le hace ver a otra niña que está siendo brutalmente maltratada con el cinturón por un hombre de mediana edad. Le insulta, le dice que la quiere matar, que quién manda es él, la niña solo se tapa la cara y llora. Agacha la cabeza y olvida los retazos de historia recién vistos, para después volver vívidos a su recuerdo y embaucarle la conciencia hasta casi hacerla desvanecer. Es de noche ya, se siente cansada, pero todavía no ha terminado por hoy. Ha enganchado el hilo de Ariadna, debe seguirlo hasta el final, hasta donde nace el origen de las pasiones desatadas que se enfrentan entre sí. Afuera comienza a llover, se oye en los cristales de la habitación que ahora tiene de espaldas, hace viento, coge aire y se aleja de ese cuarto para alcanzar el próximo.

Una muñeca en un armario le habla de una muerte dolorosa y lenta, tan triste en su final como en su principio, se le comprime el corazón, ya no lo resiste más y llora. Llora como una niña desamparada, escondida en el rellano, llora sin poderse contener, espera martirizada que la angustia se vaya, que le deje continuar con su labor. Se seca los ojos con un pañuelo y, ya más relajada, encuentra una trampilla que conduce a un supuesto tercer piso. Se pone en pie y agarra con fuerza la llave que sale de la puerta. La gira rigurosamente, empuja, y se abre un compartimento con unas escaleras. Una nueva imagen le nubla la conciencia, está ante un joven muerto, con la piel blanca de un bebé grande, con la cara incompleta de quien no ha podido vivir su vida, con la eterna sonrisa amarga de un soñador que no quiere dormir jamás. Se apoya en la escalera y respira hondo.

Va a subir al segundo piso.

Entra en una estancia polvorienta de madera carcomida. No parece un lugar seguro, y determinadas emociones le transmiten que se debería de ir de allí, que seguir adelante es una locura, mientras siente una especie de agujas de cristal helado atravesándole el cuello, paralizándole la respiración. La habitación está vacía, excepto algunos papeles de periódico viejos tirados por el suelo sin orden aparente. Al fondo encuentra un cofre como de un tesoro, tal vez los piratas hayan andado por allí…jejejeje… la risa nerviosa y las ideas disparatadas vienen a mi mente, me voy a retirar hasta otro día, estoy agotada…pero antes…echaré un vistazo al cofre. No está cerrado. Al tocarlo, una especie de descarga le cuenta al oído de sus ojos que un niño lloró a escondidas sin el cariño de nadie. Ve dolor y tristeza, hay rabia en las miradas y odio en los corazones.

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