Sin Faz el Moruno

 

¿Quién le creería si hablase?

¿Quién detendría la mirada ante su rostro si se decidiese a empujar su vida por los labios? En algún momento Sinfaz el Moruno tendría que hablar, alguien le pediría explicaciones para saber qué estuvo haciendo todo este tiempo. Sentía una profunda rabia cada vez que pensaba en su inexistente independencia.

Era una tarde por la tarde, antes de que se hiciese de noche, cuando Sinfaz recibió al cartero del pueblo, quien le traía un correo urgente. “Se requiere su presencia como testigo. Acuda a los juzgados lo antes posible.” Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sinfaz, sabía que tarde o temprano llegaría un mensaje de ese tipo, pero no sabía que no estaba preparado para recibirlo. El Moruno se metió en cama sin cenar, cerró los ojos e intentó dormir, nada tenía sentido y se veía solo en la cuerda floja. El absurdo ha hecho aparición en mi vida, ahora no tengo escapatoria. Mis presentimientos se han convertido en realidad, comenzará un horrible círculo vicioso del que no podré escapar y que me atrapará la vida, la consciencia y lo poco que me queda de sentido común… Qué voy a hacer, como haré frente a esta locura de cero al aire que me envuelve sistemáticamente en un proceso dedicado única y exclusivamente a mi, que no tendrá final, pero que ya tiene principio: lo antes posible. Cómo hacer frente al inicio de la perdición obligatoria, cómo desaparecer y conseguir que me olviden, ésta vez me han pillado, ya saben quien soy, se han fijado en mí y tendré que ser muy hábil para darles esquinazo…

Llega la mañana, un sopor que entorpece los sentidos le agarrota los movimientos. Sinfaz el Moruno ha tomado una decisión. Sinfaz el Moruno ha decidido huir. Sin plan, sin noción, sin motivo aparente, sólo empujado por el miedo a perder la libertad que le queda le hace evaporarse de la superficie terrestre más que conocida, reconocida por los demás. Huir es la alternativa, ahora van a por él, no se dejará pillar o por lo menos luchará hasta la rendición forzosa.

Así de valientemente emprendió su escape, totalmente decidido a no dejarse atrapar, a escapar del círculo que querían cerrar sobre él sin su consentimiento. Su calidad de número había sido detectada, ahora ya no valía nada, ahora ya nada tenía sentido, ahora lo querían para llevar a cabo sus planes sin contar con su voluntad. Irían por él si no se presentaba él mismo, un dolor agudo le penetraba la parte de atrás de la cabeza y sólo pensaba en irse lejos, tan lejos que ningún maldito papel oficial le recordaría sus obligaciones como “ciudadano”. Se iría sin más, total quién le espera, comenzaría otra vida lejos de los fríos hombres grises que rodeaban su casa en busca de sus más profundos pensamientos, que amputan su libertad individual para rendir homenaje al todo comunitario. Los fantasmas del estado hacían aparición para llevarse sus secretos y adueñarse de su vida, la que harían de dominio público y la convertirían en ejemplo de lo que jamás hay que hacer. Estaría encerrado en una celda simbólica y cualquier palabra sería utilizada en su contra, le robarían los recuerdos, las ideas, y las emitirían en diferido para demostrarle quién tenía el poder, quien lo seguiría teniendo por los siglos de los siglos amén. Las sombras del miedo le empujaban a huir más velozmente, sus afanes de libertad y tranquilidad eran incompatibles con un sistema cerrado sobre sí mismo que no le deja elección. No quiero, no quiero, no quiero, maldita sea, que me dejen en paz, las sienes le latían, los oídos le pitaban. Un intenso dolor de cabeza le decía que había llegado el momento.

Recogió cuatro cosas que entendió que le harían falta para su viaje y se dispuso a caminar hacia la ciudad para coger un tren que todavía no había decidido a dónde le iba a llevar, y eso que detestaba los trenes, le daba la impresión cuando viajaba en ellos que en cualquier momento podrían descarrilar. De todas formas, eso era lo de menos en aquellos momentos. Lo importante era salir cuanto antes de su domicilio, estar ilocalizable para siempre. Alejarse de los papeles, de los funcionarios, de los trámites, de las cartas que llegaban una tarde casi noche por sorpresa, lo que tanto había temido.

Así iba caminando por el sendero de piedras que le sacaba de su casa, entremezclado con estos y otros pensamientos sobre un ente borroso que le quería atrapar con sus tentáculos tarde o temprano inevitables. Tendría que participar de un proceso tan indeseable para él que no era capaz de imaginar su presencia en aquel maldito lugar en el que le habían citado. Ni siquiera la causa era importante, qué más da, yo no quiero ser un trámite… Así iba dándole vueltas a sus ideas, pensamientos, convicciones, angustias y temores, así se alejaba cada vez más de un lugar que cada vez lo comenzó a llamar con más fuerza. Todo se nubló de repente, y entendió que tenía que volver, que aquello era meterse en la boca del lobo con la absurda ilusión de que no la cerrase.

Volvió a casa, cerró la puerta por dentro, dejó las cosas en la entrada y se fue al baño para preparar la bañera con agua caliente. Se desnudó, abrió el mueblecito y cogió un bote de sales de olor y otro medio lleno que él vio medio vacío. Se introdujo en la bañera, se roció de sales y cerró los ojos. El vapor le hizo desaparecer de escena durante unos minutos.

Cuando el vapor se disipó, Sinfaz el Moruno yacía plácidamente en la bañera con los ojos cerrados. En el agua flotaba un frasco vacío. En el suelo estaba el frasco de las sales mediado. Había un agradable olor a jazmín en el ambiente, sin embargo toda la imagen era lo suficientemente tétrica como para suponer que allí había pasado algo más que un simple baño por simple capricho. Se respiraba un ambiente de paz que fue escandalosamente perturbado por la policía, que procedería según los trámites habituales para realizar los informes rutinarios y pertinentes.

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