Sonrisa de pez

 

Me gustaría ser un pez para estar todo el rato nadando debajo del agua, para poder ver los colorines que se esconden entre las algas y los arrecifes de coral. Ser un pez sería como vivir otra vida, una vida marina.

Laurita era rubia, con tirabuzones esponjosos que la hacían irreal, casi una niña extraterrestre. Tenía unos profundos ojos azules que miraban curiosos a su alrededor, enormes ojos que daban cobijo a una enigmática sonrisa. Una sonrisa blanca y rosa. Una sonrisa que parecía pedir a gritos que desvelasen ese enigma que ocultaba.

Cuando se hizo mayor, Laurita seguía siendo Laurita. Se convirtió en una joven débil, enfermiza, con constantes achaques de salud que le hacían muy difícil llevar una vida normal. A veces se encerraba en el baño y pasaba tardes enteras allí, jugando con los grifos del lavabo y de la bañera, o construyendo trajes y pelucas con las toallas del armario. Se miraba en el espejo, cantaba, y así era feliz. Los niños y niñas que conocía apenas mostraban interés por ella y a ella eso no le disgustaba. Incluso se sentía afortunada por poder llevar una vida tan libre.

Su piel blanquecina dejaba entrever las finas venas azulitas que recorrían su cuerpo por dentro. Estaba, una tarde más, encerrada en el baño, jugando a sus cosas en esa burbuja que era capaz de crear a su alrededor para que nadie osase molestarla en los momentos de mayor entretenimiento. Se mojaba las manos, las piernas, se ponía una toalla en el pelo, hacía collares de papel higiénico y cantaba canciones que se inventaba, a veces tristes y a veces alegres. A sus sesiones se había sumado un pajarillo que había logrado colarse entre las cortinas de la ventana del cuarto, y la miraba durante un rato para irse y después, más tarde, volver y hacer lo mismo, una y otra vez.

Una tarde, el pájaro apareció con un papel en el pico. Se quedó mirando para Laurita durante un buen rato y después soltó el papel que sostenía. Laurita se acercó a la ventana y miró hacia dónde se había ido el pájaro. Se dio la vuelta y recogió el papelito del suelo de baldosa. Había símbolos escritos que no comprendía, y una hora de un día de un mes de un año que llegaría pasado mañana.  Parecía una fórmula de algo, una serie de ingredientes que, mezclados, daban como resultado un dibujo similar a un pez sonriente. “Qué curioso – pensó para sí Laurita – juraría que he visto esto antes.”

Salió disparada hacia su baúl de cuentos a buscar aquello que se le hizo tan deliciosamente familiar. Sabía perfectamente donde tenía que buscar porque ese cuento se lo había leído mil veces, era su favorito de pequeña, y se había perdido horas y horas entre los paisajes que ilustraban la historia. Se titulaba “A pequenha sereia” y se lo había comprado su madre a una vendedora ambulante de origen portugués muchos años atrás. Olía a guardado pero las ilustraciones conservaban el brillo del primer día. Recorrió con sus deditos cada una de ellas, y se volvió a emocionar con la historia de una niña infeliz que vive bajo el mar y desea ser humana. En la última página del libro había unos garabatos escritos en hilo de plata, exactamente los mismos que tenía en el papel que le acababa de traer el pajarillo, con la misma fecha. Ponía al final: “Para que tengas una sonrisa de pez” Se puso nerviosa, se le electrizó el cuerpo, cogió el papel y el cuento y se fue corriendo al baño para ver si estaba el pajarillo, si acaso él le podría dar una pista sobre qué significaba aquello. En el baño no había nadie.

Todo era difícil de entender, aunque aquello no parecía tener explicación… un pájaro, un papel, un cuento, una fecha… quizá Laurita se estuviese dejando arrastrar por las fantasías propias de una niña solitaria, o quizá Laurita había abierto una puerta sin querer de camino hacia algún lado… quién sabe…

Llegó el día señalado y el pajarillo no volvió. Laurita se encerró como de costumbre en el baño, pero esta vez ella sabía que no era como todos los días. Tenía una sensación extraña en todo el cuerpo, algo que nunca antes había sentido. Llevaba consigo su cuento, desde aquel día no se había separado de él ni un instante. En el medio de las páginas guardaba el papel, y comprobaba continuamente si seguía estando ahí y si realmente ponía lo que ponía.

Laurita construyó una especie de cama en la bañera para poder acostarse y así lo hizo, reclinada sobre el antebrazo y mirando los símbolos sin verlos, viajando por su mente como nunca antes lo había hecho, hasta que se quedó dormida…

– … Pum pum pum… ¿Nena? ¿Laurita? Pum pum pum… ¿ ¿ estás ahí ? ? ¿Quieres abrir la puerta?? Laurita, mi niña, ¿qué te pasa?

– Tiraremos la puerta abajo, no hay otro remedio, no puede estar en otro sitio…

– No debería dejarla sola, oh Laurita, mi niña, dime que estás bien, por favor…

Al entrar al cuarto de baño no había nadie. Laurita no estaba allí. Comenzaron a pensar lo peor, lo peor de lo peor. Apenas percibieron que el lavabo tenía el tapón puesto y estaba mediado de agua, y que en ella nadaba un hermoso pez de colores nada corriente, pues tenía los ojos azules.

Un pajarillo que estaba posado en la repisa alzó el vuelo hacia una rama cercana, y un arco iris cubría el árbol como si fuese una mágica aureola.

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