Extraña petición

 

He ido a visitar a una chica que hace mucho que no veo. De hecho, prácticamente se puede decir que no la conozco de nada, y no solo eso, sino que además ni siquiera tenemos buen feeling. Es una de estas relaciones extrañas que una no sabe muy bien por qué mantiene.

La conocí en un trabajo basura que tuve en Teleperformance, vendiendo Iberdrola. El trabajo consistió en darnos una mierda de curso de formación, hacernos un contrato timo de dos meses con un período de prueba de uno, y echarnos a la calle en 15 o 20 días, dependiendo de cuánto vendiésemos. Huelga (palabra de moda) decir que nadie sobrevivió al período de prueba.

Y, como todos los que hemos pasado por ella o vivimos instalados en ella, la precariedad une.

Así que hicimos un interesante grupito de 4 personas, con personalidades e intereses muy diversos, del que solo quedamos en contacto esta paisana y yo. Y porque ella me fue llamando, siguiendo la trama que contaré a continuación, que si no ni eso.

Los otros del grupo fueron diversificando sus intereses: una se pudrió en un curso del Inem, otra trabaja por enchufe en el Sergas y otro plantó la carrera para irse a Madrid a hacerse guionista, al menos ése era su plan. He de decir que le corregí un guión que me gustó muchísimo, me reí varias veces a carcajadas. Ojalá le haya ido bien porque tiene talento, aunque es un poco raro, de esas personas a las que les escribes un email preguntando qué tal y no te contestan.

Será que solo se saben comunicar por el feisbus.

Bueno, pues con la tipa que nos ocupa quedé una vez para ir a una cosa muy loca. El caso es que, en el trabajo de teleoperadora, nos enviaron a hacer pruebas médicas, entre ellas nos enviaron al otorrino a hacer una revisión de las cuerdas vocales.

Muy bien, pues allá me fui, porque los de Teleperformance son muy sinvergüenzas, pero el protocolo lo mantienen a raya. Cuál fue mi sorpresa cuando, haciendo la prueba con el otorrino, en la que te meten un cable con lamparita por la garganta, va el médico y se pone a gritar que madre mía, que esto se ve muy pocas veces, que oh cielos, oh dios.

Y allí estaba yo, absolutamente compungida, con la cosa esa provocándome el vómito, y al borde de la histeria preguntando como podía si tenía un tumor (una obsesión recurrente en ciertos períodos de mi vida), a lo que el otorrino responde asustado que no, que por favor, que lo que tengo son unas cuerdas vocales perfectas, per-fec-tas, simétricamente impecables, dignas de profesional.

Me quedé a cuadros.

Después me puso a hacer pruebas de voz allí mismo, en la consulta, diciéndome “canta aquí”, y señalaba con el aparato en mi garganta, “ahora aquí”, y venga a revolver, “vamos aquí”, y yo al borde del vómito entonando como una mezzosoprano de esas jaja ahora lo recuerdo y flipo bastante.

Salí de la consulta pensando disparates sobre convertirme en cantante de ópera y poniendo a prueba mi recién reconocido instrumento musical. Siempre me gustó cantar, pero yo pensaba que como a todo el mundo, vamos. Pero es verdad que alcanzo tonos que la gente normalucha no alcanza, jaja ahora en reuniones familiares soy el payaso del circo y me ponen a hacer experimentos gorgoríticos.

Bueno, ¿cómo enlaza esto con la tipa esta con la que trabajé? Pues porque poco después, en una feria cultural, me apareció una señora y me ofreció así, sin más, clases de canto gratuitas. Que iba a venir un cantante de ópera algo conocido a impartirlas y que si me quería pasar por la sede de la asociación coral a probar. Yo no me lo podía creer, y le dije que por supuesto que sí.

Al día siguiente me llama la tipa esta de la que va la entrada y me dice que si quiero quedar con ella a tomar algo. Le cuento lo que me pasó y me dice que a ella le gusta mucho cantar, y que de hecho sabe solfeo ya que estudió piano hasta los no sé qué años. Y que estuvo en un coro. ¡Ala, pues vente conmigo! Hecho. Tenía que ser una señal.

Así que el primer día del curso allí nos dimos cita, en la puerta de la asociación. El problema es que no nos atrevimos a entrar porque la media de edad serían unos 65 años, y no nos pareció plan. Aunque yo, si hubiera ido sola, habría entrado. Aprendizaje para padawanes:

Qué importante es elegir la compañía. 

En fin, un poco desmoralizada después del fallido intento nos fuimos a tomar algo, y descubrí que era una tía que no hablaba (será tímida, pensé, en mi manía de justificar los comportamientos mongólicos de todo el mundo), de estas que parece que hay que entretener permanentemente.

Me pareció también rara, y un poco mentirosa, lo que deduje por explicaciones extrañas que daba a mis preguntas. No le dí importancia porque claro, es que si no no hago vida. Siempre saco que si esto que si lo otro, así que decidí que eran cosas mías y no le dí más vueltas. Nos despedimos y ala, a otra cosa mariposa. Yo no me lo había pasado bien, uno porque no entramos a cantar y otro porque no me gusta ser la mona que entretiene y que da conversación. Así que cuando me subí al bus pensé “ahí te quedas, yo contigo sola no vuelvo a quedar”.

Nunca digas “de esta agua no beberé”.

La siguiente comunicación que tuve con ella fue porque me envió, atención, unas fotos de ella y de su novio haciendo senderismo. Yo aluciné en plan ¿pero esto qué es? ¿Por qué a mí? jajja tuvo gracia. Pensé que era un poco rara, pero seguí en mi línea de no darle más importancia. Le contesté y le hice alguna pregunta que no recuerdo, y ya no me contestó más. Le envié otro correo porque me pareció raro que no contestase, pero tampoco obtuve respuesta.

Y la siguiente comunicación que  tuve con ella fue meses después. Me envía un email diciéndome que va a montar una empresa y que me encarga la traducción al gallego del plan de negocio para la subvención de la Xunta. Que cuánto le cobro. Yo pensé “uh, qué guay, dinerito, pero bueno, está empezando no me voy a pasar”. Así que le dije que no se preocupara por eso, que ya hablaríamos.

Empezamos a tener entonces una comunicación fluida. Ahora sí. Me enviaba los textos y yo se los traducía, hasta que terminé, y ahí quedó la cosa. Creo que no me dio ni las gracias.

Pasaron un par de meses y me dije “a ver cómo le va a esta personaja”, así que me puse yo en contacto con ella. No albergaba realmente la esperanza de que me pagara nada, pero bueno, por probar… El caso es que me cita en su oficina (ya con la empresa montada) y pensé que sería con intención de hablar de las traducciones que le hice. Pues sí, fue para eso entre otras cosas, y me dijo concretamente que no le habían hecho falta. Que le sirvió su plan en castellano perfectamente. Tócate las bowlings.

Yo me quedé con cara de gilipollas, que últimamente es la que tengo bastante a menudo, y seguí como si tal cosa. No sé qué me pasa, pero soy carne de cañón para los sinvergüenzas; se ceban en mí sin que haga nada por remediarlo. Es más, incluso los aliento porque me generan tanto estrés que me los quiero sacar de encima cuanto antes y, en vez de cortar con ellos, hago todo lo que me mandan, o incluso más, para terminar de una vez.

Sí, idiota perdida, pero consciente.

Y pasó ese rollo, me cabreé en su momento, pero se me olvidó, que yo es lo que tengo. Pasé de ella durante un tiempo hasta que me aparece en el Linkedin solicitando contacto. Y, como buena tontícola, la acepté.

Después me llamó varias veces porque sabía que mi novio iba a montar un negocio y ella tenía interés en ofrecerle los servicios de lo que había montado ella, así que hubo una temporada en la que sentí cierto grado de acoso. Me decía que a ver cuando me pasaba por su “ofi”, me enviaba emails diciéndome “a ver cuándo te pasas”. Dos o tres veces, hasta que un día me cabreé y le dije que estaba de viaje, que ya la llamaría cuando volviera. Por supuesto, era mentira.

Y no supe nada más durante unos seis meses. En fin de año me llamó y no se lo cogí; a cambio le envié un mensaje de felicitación, y a cambio ella no me contestó. Notaba como que se ofendía si no hacía lo que ella quería en el momento en que a ella le diera la gana.

Así hasta ayer, que me llama por teléfono. Que qué tal, bla bla. Y me sentí culpable porque a lo mejor no es tan rara y la rara soy yo, así que le dije que me pasaba esa tarde mismo para saludarla. Y así fue. Me vio e incluso me dio un abrazo, me quedé bastante sorprendida.

No llevaba ni diez minutos allí cuando me preguntó si mi novio iba a requerir de sus servicios. Le dije que teníamos un amigo que se dedica a lo mismo que ella, pero por ahora no tenía pensado meterse en más gastos que los que ya tiene. No me gustó esa pregunta tan directa pero bueno, tiene un negocio, es normal que mire por él. Con lo que seguí en mi línea de no darle importancia. Yo de verdad que no sé qué me pasa.

A los cinco minutos siguientes viene lo que fue el motivo originario de esta entrada, motivo al que llego tras haber divagado por los cerros de Úbeda y alrededores. Si tú también llegaste hasta aquí, vas a alucinar por colores.

Me dice que se va a casar. Por lo civil, pronto. Tan pronto como ya. Y que necesita un testigo que la acompañe a la boda. Todo esto lo dice velado, sin hablar claro, a lo culebra, pero se huelen sus intenciones, aunque yo, en mi línea, no me acabo de creer lo que me dicen mis instintos.

Como no le entro al trapo, me provoca de una manera que aún no sé cómo fue para que yo ponga una excusa de por qué no podría ir en plan “yo te iba, pero…”. Y ahí ya me ataca directamente, como si le hubiera sacado yo el tema: que si voy yo de testigo a su boda, que hay que estar en el ayuntamiento a las 9 o a las 13’00 h.

De traca.

De testigo a la boda de una tía que conozco de tres veces o cuatro, que me manda fotos de ella y de su novio así porque le peta, que tiene la jeta de pedirme un trabajo y después decirme que no le hizo falta, y que me acosa por email cuando le aprieta el culo.

A mí poco más que me dio la risa, qué quieres que te diga. No me pareció ni medio normal y, en un ejercicio de asertividad, le dije simple y llanamente que NO. Que estaba muy ocupada, que no tenía tiempo. Se ofreció incluso a pagarme. Ahora me ofreces pasta, zorrupia, ahora.

Y así transcurre mi vida. De surrealismo a kafkianismo, y tiro porque no me queda más remedio.

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