“Quiero vivir, no sobrevivir”

Así gritaba corriendo por la playa el niño, de 6 años, de una de mis amigas.

Y a mí me pasa lo mismo. Me ha tenido que aclarar las ideas un niño de seis años; cosa por otra parte no tan extraña, ya que los niños tienen una visión no contaminada de la vida y todavía saben lo que quieren.

Mi relación con la señora a la que tengo que atender va de mal en peor. Hoy, Día de Galicia y festivo, me ha puesto a limpiar cristales y a hacerle la cama en plan: “esa arruga”, “así no”, etc. Es una vieja, yo lo puedo entender, pero que la aguante Rita.

Me he despedido. Esto ya lo hice el lunes. Yo no puedo más, y lo bueno que tiene ir cumpliendo años es que nos vamos conociendo mejor, y vamos observando nuestros límites, cada vez con el umbral de tolerancia más bajo.

Llevo unos 10 días con una llaga en la boca terrible, que va cediendo pero que todavía me duele. En la farmacia me dieron un líquido con azufre para quemarla, pero se me puso la boca asquerosa. Así que fui por urgencias y va la médico de turno y me dice que tengo una leucoplasia, o sea, cáncer. Esto es verídico, tengo el informe para que el médico de cabecera me remita al maxilofacial.

Me dio un ataque de ansiedad interesante.

Y la vieja, jode que jode.

El lunes, la médico de cabecera flipó en colores. Me dijo que ella creía que era un afta de toda la vida. Estrés. Cambios hormonales. Bajada de defensas. All in One.

Y ahí me planté contra mi misma: que el dinero no lo es todo, tía. Que tienes una carrera, coño. Que te tienes que querer un poco más. Que no puedes tirar YA la toalla, agarrándote al primer trabajo de mierda que te den. Que luches por tus ideales, por sentirte bien. Que TENGAS FE.

Que tú lo que quieres es vivir, no sobrevivir.

Y ahora estoy atrapada con la vieja malcriada y egoísta hasta que encuentren a otra persona. Probablemente la tenga que sufrir dos semanas más, hasta que venga la hija. Porque aquí egoístas son todos, ningún miembro de la familia quiere cambiar su vida. Pero desde luego no voy a ser yo la que pringue con una señora desatendida por sus hijos, que no quiero yo ni pensar qué pasará cuando enferme. ¿A quién le tocaría la mandanga? No, no, no, conmigo que no cuenten. Que muevan el puto culo, que es su madre. Que la convenzan para llevársela a sus casas, yo qué sé.

Pero la verdad da mucha pena ver a una anciana sola. No me extraña que esté trastornada y avinagrada.

Dos semanas. Empieza la cuenta atrás.

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2 comments

  1. Siento mucho lo de tu boca. Igual me mandas a la mierda, pero sé por qué digo las cosas (recuerda la historia de mi madre): creo que los sufrimientos nos salen en forma de enfermedades. Eso hace más importante todavía lo de vivir, no sobrevivir, un grito al que también me sumo. Mereces más. ¡Lucha por lo que mereces! Un beso, guapa :)

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