La cena del curre de Navidad

 

La cena del curre, esa cena a la que todo el mundo finge que desea ir pero a la que nadie realmente le apetece hacerlo. Yo no sé cómo se lo  montan en otros trabajos, pero en el nuestro nos la liaron parda los presuntos más idiotas.

Una de ellas fue la nueva que entró conmigo como personal laboral. Uno de los funcionarios que hace los turnos con ella hizo la propuesta de hacer la cena, como todos los años. Pero este año no habría que invitar a todo el mundo, como se había hecho el año pasado, sino que solo participaríamos los que estamos actualmente en el servicio.

Vale. A mí me da igual.

Pero empiezan los problemas, porque algunos de los que habían asistido el año anterior a la cena preguntaron si este año la iba a haber. Tras una serie de respuestas incómodas, nuestra jefa nos dice que por qué no invitamos a todo el mundo, que a ella le apetece ver a la gente con la que trabajó otras veces porque les guarda cariño. Cosa que es cierta y recíproca, me consta.

Tampoco avisaron a la señora de la limpieza, que también forma parte del servicio. Se lo decimos y nos dice que sí, que le apetece mucho, pero que si puede ser a las 9 o 9 y media. Que si no se le hace muy tarde.

Así que a reestructurar. Pero antes de esto ya había pasado algo que fue el detonante de las alarmas. Se decide por imposición decreto ley que la cena será en el restaurante del hermano de la nueva que entró conmigo. Que ya nos pasará el menú para que elijamos.

Se decide también que el día mejor será un sábado, a todos les da igual qué fin de semana, así que yo elijo uno y dicen que bien. Que así sea.

Nos olvidamos del tema cena, aunque ya comentamos entre nosotras que menuda manera de imponer la tipa esta lo del restaurante del hermano, con el apoyo tácito del compañero funcionario, que quiere quedar bien con todo el mundo pero lo único que consigue es quedar como un hipócrita. Y un salido, de paso.

Por cierto, ella es argentina (aunque lleva 20 años en España, la mentalidad sigue siendo de allá), melosa y tontorrona. Juega con los hombres del servicio y les deja notitas, a nosotras nos esquiva. Lee todas las revistas del corazón que encuentra, siempre va maquillada, peinada y mona y ya tiene la casa pagada con 35 años. Es un enigma, aunque varias voces apuntan a que es una enchufada del PP. El perfil, desde luego, lo da.

Y llegan los menús. Decidimos que nos quedamos con el más barato, 15 euros es suficiente, tampoco somos íntimos como para gastar más, que está la economía muy complicada, que no hay paga extra… Que es por juntarse, tomar algo y listo. Después se decide el de 18 porque lleva vino. Vale.

La hermana del dueño del restaurante y nueva que entró conmigo dice que a ella de gusta el de 35.

No te jode.

Pero queda el de 18, eso creíamos hasta que suena el teléfono. Me cago en la tarifa plana que mira que da problemas.

Y es el compañero de la hermanísima, el funcionario. Que nos dice que el menú será el de 23. Que el viernes (en vez del sábado acordado) del fin de semana siguiente al que habíamos hablado. Que a las 10’30 h, pasando por alto la petición de la señora de la limpieza y su edad. Y se queda tan ancho.

Es en estos momentos cuando te planteas si la gente es imbécil o gilipollas.

Mi compañera, funcionaria también, le dice que estamos un poco sorprendidas con el ímpetu de la decisión. Que 23 euros nos parece mucho, que hay gente eventual (yo) y gente de prácticas que no pueden gastar tanto. Que las diez y media es muy tarde. Que mejor el sábado porque algunos de nosotros tenemos que trabajar el fin de semana. Que la jefa dice que le apetece que vengan los del año pasado, así que hay que llamar a la gente. Que ya se encarga ella, que no se preocupe.

Se lía parda. Pero en silencio, sinuosamente. Se percibe pero no se manifiesta.

Hay un intercambio de whatsapps entre los dos funcionarios. Que si el compañero de la hermanísima dice que él es persona y no anda mintiendo, que si querían que fueran los del año pasado que por qué no se lo dijeron, que él los invitaba. Que fue a caraperro. Que a las nueve y media o diez era demasiado temprano para ellos. Dos días después viene la hermanísima y nos dice que ella de ninguna manera quedaba a esa hora, que no le daba tiempo a arreglarse. Que ella hasta las diez y media, nada.

Yo alucinaba por colores, pero tampoco le estaba dando más importancia de la que creí que tenía. Simplemente pensé que eran idiotas y que estaban muy aburridos.

Y de ahí se siguió liando la bola. La sinuosa bola, presente pero no manifiesta. A lo funcionario.

Finalmente se decidió que la cena sería ayer, que quedaríamos quienes quisieran a las 8 de la tarde para tomar unos pinchos (porque había gente que no podía o no quería ir a la cena) y que a las 9 y media – diez menos cuarto nos veíamos en el restaurante, aunque algunos llegasen sobre las diez. Vale, dicen todos. Sobre las diez y cuarto como muy tarde llegamos.

¿Y qué pasó?

Pasó que el funcionario y la hermanísima citaron a la misma hora que la del pincho oficial en otra zona de la ciudad a la gente con la que ellos coinciden más a menudo de todos nosotros para tomar algo antes de ir a cenar, obviando nuestro pincho. Es decir, hicieron una quedada paralela con la otra gente del servicio que estaba desinformada, saltándose a compañeros, excompañeros y jefa. Que todo lo de que no les daba tiempo y eso era mentira. Que lo que querían era quedar a las diez y media como habían previsto y no juntarse con más gente que ahora no estaba trabajando. Que habían estado creando una guerra fría y nosotros sin enterarnos. Y todo capitaneado por la argentina boluda.

Nos enteramos ayer delante del restaurante argentino. Vaya si no. Desde las nueve y media allí fuera de pie, esperando por el resto. Decidimos entrar a eso de las diez y diez, porque allí no llegaba nadie. Y no llegaba nadie porque estaban reteniendo al resto hasta las diez y media, que fue cuando triunfalmente llegaron.

Juro que no me lo podía creer. La tía, que dominio. En el restaurante de su familia (que después nos enteramos de que no es solo de su hermano), casi nos coló el menú que le dio la gana, y nos impuso el día que le vino bien y la hora que consideró apropiada para ella. Y todo esto como si fuese por accidente, saludando como si tal cosa. El resto parecíamos gilipollas en la mesa, allí esperando por su séquito (la mayoría hombres, por cierto). Y nadie le dijo nada, solo yo un pobre “menudas horas”.

Durante la cena nos llegaron platos escasos y compartidos que alguien seleccionó de entre los que había (bueno, qué cosas tengo, ya sé que fueron ella y el funcionario), le pusieron a ella el vino que ella misma se encargaba de servir a sus fieles (menos la única vez que lo pedimos casi a gritos desde el otro extremo de la mesa), se hicieron fotos entre ellos, los hombres babeaban su vera y lo más fuerte de todo, mi compañera pide la factura y va el camarero hermano de la susodicha y le dice que la cuenta ya está pedida, que la tienen “por allí” y señala a su hermana, sonriendo, quién se encargó de cogernos el dinero y de que todos pagásemos los 18 euros del servicio de mierda.

Ahora estoy que trino porque aún me di cuenta de la jugarreta hoy. Y me siento como si ellos hubieran sido los listos que nos la metieron doblada y nosotros los pobres idiotas a los que jodieron y manipularon como tontos. Aunque quién iba a imaginar que le darían tanta importancia a algo en principio tan sencillo.

Lo que tengo claro es que en el próximo encuentro entre semidesconocidos al que el protocolo social me obligue a intervenir voy a estar con gastroenteritis.

Sin duda.

 

 

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