De pequeña era gorda

 

Así es. Y tengo la teoría de que todas las blogueras o con pretensiones de serlo, fuimos o somos gordas. Hay algo dentro de nosotras que tenemos bloqueado, un afán de protagonismo incumplido que tenemos que hacer salir por donde sea.

Era gorda. Fui una niña normal, pero a los 10 años empecé a engordar hasta ponerme como un pepón. La causa es, como suele pasar, que comía mucho. Sin control. Comía muchísimo, y comida hipercalórica, tipo derivados del cerdo y azúcares. En mi casa solo me decían “no comas tanto”, pero aún así a mi madre le gustaba verme comer, era según ella, signo de buena salud. Daños colaterales del franquismo.

Y yo comía.

Un día llegó mi padre del trabajo a mediodía y su plato de comida estaba vacío. ¡Me lo había comido yo después de haber comido mi comida! Era un filete con patatas fritas, lo recuerdo perfectamente. Qué rico estaba.

Y yo engordaba.

Todo transcurría en armonía. Algún problema empezó a ponerse de manifiesto en el colegio. Algunos chavales, los que suspendían y los repetidores, se metían conmigo y me llamaban vaca o cosas por el estilo. A mí y a mi compañera, otra niña rellenita con la que siempre andaba. “Rellenita”. Eufemismos, ya me entendéis.

A esos chavales yo no les prestaba atención. La opinión de esos niños era para mí absolutamente despreciable. Eran los fracasados, los que nunca iban a llegar a nada, los que suspendían. Por favor: los que suspendían.

Así que yo seguía a mi bola, aprobando todo y comiendo lo que me daba la gana cuando me daba la gana.

Pasó un año más, ya tenía yo 13 años para 14. Todavía era muy infantil, pero algo estaba operando un cambio dentro de mí. Creo que era la pubertad, la adolescencia que asomaba por la vuelta de la esquina.

Cuando volvíamos del colegio en el bus siempre pasaba lo mismo: me llamaban vaca y cosas así, insultos que de verdad no recuerdo especialmente. Algo del “culo andante” me decían también. Pero es que era todo tan poco original que no tuvo fuerza suficiente para que pasase a formar parte de mis recuerdos.

Lo que sí recuerdo es que ese día, uno que se metía bastante conmigo y con mi gordura, estaba especialmente pesado. Pasamos por delante de un campo de vacas (esto es Galicia, señores) y se puso a gritar “muuuu, muuuu” como un loco, y a decirme que saludara a mis amigas.

Yo por lo general no le hacía caso, aunque sí recuerdo la sensación de ponerme colorada y de no entender muy bien qué le pasaba a ese chaval, pero ese día me harté y le dije: “Sí, tú mucho reírte, pero yo voy a acabar el instituto y tú aún no vas a acabar el colegio”. Providenciales palabras que se convirtieron en verdad. De hecho se sacó el Graduado Escolar por el nocturno, ya de mayor. Y se lió con una prostituta colombiana con la que tuvo un hijo y después se le piró, o algo así.

Hasta que llegaron los 14. Me empezaron a gustar los chicos. Los chicos. Y ahí empezó mi problema con mi físico. Sacar buenas notas no era suficiente para alimentar a mi ego que cada vez quería más. La ropa. Otro problema. No me servía nada de lo que llevaban mis amigas. Todo me quedaba excesivamente apretado o era ropa de persona mayor. Las fotos. Nunca quería salir en ninguna. Y en las que salgo llevo siempre un plumífero negro que hasta lo recuerdo como asqueroso y con mal olor, que no me sacaba nunca de encima porque creía que me disimulaba la gordura.

Y empecé a pensar que, efectivamente, parecía una vaca.

Yo, que había sido la líder de la manada. La defensora de los derechos de la mujer en mi etapa escolar, la que provocó una pelea con los niños porque las niñas también queríamos el patio para jugar al fútbol. La que se encaró con el cura del pueblo para solicitar que las mujeres pudiéramos ser monaguillas. Yo. La que sacaba nueves y dieces. La rebelde sin causa socialmente adaptada.

Y empecé a sufrir.

No sabía qué hacer para que los chicos se fijaran en mí, para que las chicas guays se fijaran en mí. Para relacionarme con los guays y dejar de estar rodeada de frikis y perdedores. Odiaba a los frikis y perdedores. Yo no quería ser así, quería ser popular.

Así que, de manera gradual y no sé muy bien desde cuándo, aunque sí recuerdo que fue por un chico que me volvía loca y que ahora sigue viviendo con su madre y está fofo y medio calvo, pues poco a poco pero sin descanso, empecé a dejar de comer. Y cuando estimaba que había comido demasiado o me pegaba atracones, me provocaba el vómito. Esto fue hace unos 20 años, y las palabras bulimia y anorexia no existían en el vocabulario de aquella época.

Empecé a hacer deporte. Andaba en bici, corría, nadaba. Se me estaba modelando el cuerpo bastante deprisa, algo también facilitado por los cambios de la adolescencia. Adelgazar se convirtió en una meta sin fin, en un estilo de vida en sí mismo. Recuerdo que había días en los que solo comía una manzana. Llegué a estar bastante delgada, y fue todo tan deprisa y tan inesperado por mí, acostumbrada a estar gorda, que ni siquiera era consciente de que tenía que cambiar de ropa, así que andaba con la ropa grande y floja. Lamentable. Ni se me había ocurrido que me tenía que vestir con ropa de mi talla.

Mis padres estaban preocupados por mi pérdida de peso tan radical y por mi falta de apetito. Me lo iban diciendo de vez en cuando, hasta que un día mi padre se cansó y me obligó a comer. A gritos conmigo. Y yo llorando. No quería comer, odiaba la comida, había sido la culpable de convertirme en una paria, en una persona no deseada.

Y ahí me di cuenta. Me di cuenta de que estaba llevando todo demasiado lejos. Me di cuenta de que se me había ido la pinza. Ya tenía 16 años y un tipazo, ¿qué más quería? Ya era popular. ¡Era popular! ¡En la adolescencia! ¿Qué coño más quería?

Quería mantenerme así para siempre. Tenía auténtico pánico a engordar de nuevo, y aún así no podía evitar darme atracones de vez en cuando que, por supuesto, después expulsaba de mi cuerpo provocándome el vómito.

Esto se mantuvo en mi vida durante etapas discontinuas hasta la universidad, sin asociarlo precisamente a nada en concreto. Comía con ansiedad y después lo vomitaba, crisis que me daban cuando estaba sola y aburrida. Tuve una compañera de piso que se dio cuenta y, en vez de ayudarme o hablar conmigo sobre el tema, se puso a gritar delante de todo el mundo, un día que estaba en el baño, que si estaba vomitando después de comer como hacía siempre. Y, efectivamente, estaba vomitando. Pero ese trato de mi compañera de piso me dolió más que todas las veces que los chavales me llamaban “vaca” en el colegio. Porque antes éramos niños. Ahora ya éramos jóvenes adultos.

Dicen que los niños son crueles. JA. Los niños son niños. Crueles son las personas mayores perturbadas por sus propios problemas psicológicos, Por ejemplo, esta chica con la que viví tenía unos serios problemas con el orden y se obsesionaba tanto con el estudio que se hacía heridas en la cabeza rascándose mientras estudiaba. Yo estaba medio jodida de la cabeza en cuanto al tema alimenticio, pero nunca le hice mal a nadie, por lo menos a propósito. Ni traté de poner a nadie en evidencia para demostrar lo lista que soy, porque eso no es ser lista, eso es ser gilipollas.

Y así fue como esto de la anorexia con bulimia formó parte de mi vida mucho tiempo, pero no constantemente, como decía, ni por una causa aparente. Sin dramas. Yo era una persona perfectamente sana que me hacía analíticas de vez en cuando, donaba sangre, salía con mis amigos, sacaba buenas notas… Era básicamente feliz. Hasta que un día, tampoco recuerdo cómo ni recuerdo que fuera una decisión tomada concienzudamente, dejé de hacerlo. Así, sin más.

Creo que fue cuando empecé a introducirme en mi etapa semialcohólica, pero eso ya es otra historia. Una loca y divertida historia que casi me arrastra al psiquiátrico o a la tumba. El lado salvaje de la vida, que es la puta ostia, hasta que te da un revés y te pone fuera de circulación.

Afortunadamente, de esa aventura también conseguí salir por mí misma antes de que se me comiera la noche. Eso sí que fue una locura, una puta locura.

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