Fantasmas del pasado

Hoy he tenido un retorno espacio temporal a la altura del 2001/2002. No lo recuerdo con exactitud porque tengo tendencia a olvidar las cosas que me hicieron sufrir, para bien o para mal.

Todo empezó siguiendo el rastro de la “Operación Pokemon“. Como tuve la buenaventura de trabajar en varios de los ayuntamientos implicados, me hace gracia ver cómo se les va complicando el percal. Que se lo merecen, por ladrones. Aunque me temo que van a salir todos de rositas.

Bueno, el caso es que siguiendo la pista de un alcalde imputado se me ocurrió googlear a la concejala que tuve de jefa por aquellas épocas. Vi con alborozo que sigue haciendo las mismas gilipolleces que por aquellas fechas en las que yo era su subordinada con carrera. Y me enteré de algo mejor: su hijo se pegó un tiro en una pierna a lo Borbón. Lo juro. Encima en el centro de mayores en el que lo enchufó su mamaíta. Y voy y me entero seis meses de que pasara el desafortunio, con lo guay que hubiera sido vivenciarlo en directo. Estaba animada, me estaba riendo delante del ordenador. Esto prometía.

Y empezó a morderme la curiosidad malsana. Esa que te ataca cuando buscas a tu ex en Facebook o pones en Google a esa antigua mejor amiga con la que ya no te hablas porque te hizo una putada. Poseída por el descontrol, la busqué. Busqué con nombre y apellidos a la que fue mi compañera de trabajo durante más de un año. Una pailaroca desmotivada y sin blanca a la que, se puede decir, le enderecé la vida. No solo le dejaba dinero sino que además le daba ideas para sus trabajos y la animé a volver a la universidad. A cambio de nada.

¿Hola? Sí, soy gilipollas integral.

Hoy no me pillaría ni en taxi.

El caso es que me encontré con una conferencia que dio en un colegio a padres aburridos. Porque ya hay que estar aburrido para ir a escuchar hablar a la tipa esa. No pude pasar de los 10 minutos, y a saltos. Qué tía. Sigue siendo el colofón de la vagancia, la personificación de la ley del mínimo esfuerzo. Me vino de golpe esa sensación de mediocridad y decrepitud que cubría como un tedioso manto aquella etapa de mi vida en la que casi fui funcionaria.

Ella lo consiguió, yo huí. A veces aún dudo sobre si habría hecho bien, si no fue uno de esos lamentables errores que cometemos, o una oportunidad que dejé pasar. Pero tal día como hoy lo  veo claro: lo que parecía una oportunidad fue una trampa mortal que me tuvo atada a Galicia todo el tiempo que me duró el trabajo. Me impidió volar, me acomodó en un statu quo que no iba conmigo.

Fue una cárcel disfrazada de ventana al mar.

Ahora, rondando los 40 y currando de mierdas varias mientras trato de estudiar para una oposición, las cosas no me van bien. Pero sepultada en la cotidianidad de la hipocresía y de la mediocridad tampoco creo que me fuese mejor.

¿A dónde me conducirá este camino por el lado menos pautado de la sociedad? ¿A dónde me dirijo mientras la masa va concentrada por su carretera señalizada?

Como dice el Dr. Who en la película: “A casa, pero por el camino más largo”.

Pues eso.

El primer Doctor, el de la bufanda enorme, el que marcó mi infancia y me llevó a navegar por el espacio.

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