Yo también soy una adicta a las bibliotecas

Y ojalá tuviera más tiempo para pasármelo encerrada en alguna de las que tanto adoro. 

Y la poesía me fascina, un día tengo que hablar de mi último descubrimiento. 

Y escribir un poco cada día era mi meta desde hace tanto tiempo que ya ni lo recuerdo. No sé si la falta de tiempo va a ser una excusa o es una realidad cotidiana. En fin, corramos un tupido velo.

El caso es que acabo de leer este artículo sobre las técnicas del gran Ray Bradbury, del que, he de confesarlo, he oído mucho pero leído más bien poco. Y me ha motivado tanto que quiero compartirlo. Así que aquí lo copipasteo a lo grande:

 

Ray Bradbury: el hombre que escribía mil palabras al día

 

Ray Bradbury escribió 34 obras, entre novelas y guiones de cine. También existe libro titulado “Zen en el arte de escribir”. Pero no es de Bradbury. Es un libro basado en los recuerdos de Bradbury, en su iniciación como novelista y en los consejos que solía dar a los novatos.

Y es allí donde se cuenta la gestación de “Crónicas marcianas”, una de sus grandes obras. Fue en 1949. Bradbury tenía 28 años y había escrito bastantes cuentos de marcianos. Pero sin mucho éxito. Todo el mundo escribía cuentos de marcianos.

Un día le convenció un amigo suyo para que fuera a venderlos a un editorde Nueva York.

Bradbury viajó hasta la capital de los talentos. Se encontró con un editor que tenía su mismo apellido y este le recomendó que juntara todos esos cuentos y construyera algo más largo, una novela.Le pidió un esquema.

El autor se puso con ello a toda prisa y tan frenéticamente, que pasó una noche de junio neoyorquina escribiendo ese esbozo ahogado por su propio sudor. Al día siguiente el editor quedó encantado con este borrador y le entregó un cheque de 1.500 dólares. Ese libro sería el origen de ‘Crónicas marcianas’.

Vomitar lava

Bradbury escribía desde los doce años unas mil palabras a día. Eso son poco más de tres folios. No era mucho. Pero hacerlo todos los días es una disciplina que cumplen pocos aprendices de escritor.

¿Qué lecciones puede aprender un escritor de este maestro de la ciencia ficción? La más valiosa es esta: chaval, escribe; escribe todos los días, escribe como poseído por el demonio; llena cuartillas y déjate llevar. Con razón, una de las frases que más se repite en las escuelas de escritura creativa es esta: “Hay que tragarse el mundo y vomitar lava”.

Dice Bradbury que los elementos más importantes de un autor son “garra y entusiasmo”. “El primer deber de un escritor es la efusión”. Una de sus fórmulas dice así: “¿Qué es lo que usted más ama en el mundo? ¿Qué es lo que más detesta? Busque un personaje como usted que quiera algo o no quiera algo con toda el alma. Déle instrucciones para la carrera. Suelte el disparo. Luego sígalo tan rápido como pueda. Llevado por su gran amor o su odio el personaje lo precipitará hasta el final de la historia”.

Técnica de listas de palabras

Durante mucho tiempo era un imitador, según sus palabras. Sólo se encontró a sí mismo cuando escribió un cuento de fantasmas bastante raro titulado “El lago”. Le hizo llorar mientras lo redactaba.

¿Qué técnica empleó para sentir esa revelación? Listas de palabras. Se sentó y dejó que su mente vomitara palabras sin cesar. Eran largas líneas de sustantivos: el lago, la noche, los grillos, el barranco…

“En esa lista, en las palabras que simplemente había arrojado al papel confiando en que el inconsciente, por así decir, alimentara a los pájaros, empecé a distinguir una pauta”.

Es la misma técnica que usaba Jung para aflorar el inconsciente de sus pacientes. Estas listas, según Bradbury, “ayudarán [al aprendiz] a descubrirse a sí mismo, del mismo modo que yo anduve dando bandazos hasta que al fin me encontré”.

En busca de la inconsciente

Precisamente, uno de los principios de la inspiración en la escritura consiste en hacer inmersiones en experiencias, en cualquier cosa, incluso leer libros raros y enciclopedias, de modo que el inconsciente se vaya llenando de mensajes, de conceptos, de vivencias lo cual es el alimento de Las Musas. Eso era lo que recomendaba el maestro de la ciencia ficción.

En una ocasión, Bradbury confesó que su mejor escuela de formación fue la biblioteca. 

“Soy un adicto a las bibliotecas. Me descubrí a mí mismo en la biblioteca. Fui a encontrarme conmigo mismo en la biblioteca. Antes de enamorarme de las bibliotecas, yo era sólo un niño de seis años. La biblioteca alimentó todas mis curiosidades, desde los dinosaurios hasta el antiguo Egipto. Cuando me gradué en la escuela secundaria en 1938, empecé a ir a la biblioteca tres noches a la semana. Lo hice todas las semanas durante casi diez años, y finalmente, en 1947, alrededor de la época en que me casé, me di cuenta que mi formación ya se había completado. Así que me gradué en ‘biblioteca’ cuando tenía veintisiete años. Descubrí que la biblioteca es la verdadera escuela”.

Para sorpresa de muchos, Bradbury recomendaba leer libros de poesía porque son metáforas o símiles condensados. “Ejercita músculos que se usan poco… Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas”.

Añadía Bradbury que si uno encuentra la metáfora adecuada y la imagen justa, eso valía por cuatro páginas de diálogo. Ponía como ejemplo la secuencia de la película “Lawrence de Arabia”, en la que el aventurero inglés vuelve al desierto a buscar a un árabe rezagado. No hay diálogo. Simplemente regresa al rescate porque Lawrence piensa que es más fuerte que el destino. El resto del grupo creía que el deseo de Alá era que su compañero se pudriese en el desierto. Pero el pensamiento occidental se rebelaba contra el fatalismo. Al final Lawrence volvía del desierto con el árabe medio desecado, pero vivo.

Los colores

Recomendaba Bradbury leer libros que mejorasen nuestro sentido del color, de la forma y de las medidas del mundo. Para convencer al lector, hay que atacar cada uno de sus sentidos con colores, sonidos, sabores y texturas. “Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en medio de los hechos.

Y por último, el maestro recomendaba “no pensar”. Dejarse llevar por elinconsciente, lo cual es una herencia de las técnicas junguianas tan de moda entonces. Para esta afirmación, se basaba en un libro sobre el zen y el tiro con arco, donde el filósofo alemán Herrigel aconsejaba no pensar cuando se disparaba la flecha. Y así se acertaba.

Hoy se lo llevó la flecha del tiempo. Estaba a punto de cumplir los 92 años.

 

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